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1162 Words
Sombras y Linajes La mañana se filtraba con suavidad a través de los cortinajes color marfil, tiñendo de dorado el interior de la habitación. Isabella se había levantado temprano, inquieta tras una noche de sueños vagos y un breve encuentro con Rowan en el pasillo. Aún podía sentir la calidez de su mirada, su tono grave y atento al ofrecerle el té. La forma en que sostuvo la puerta hasta que ella desapareció tras ella. Pequeños gestos que no encajaban con la imagen distante que había empezado a construir en los primeros días de convivencia. Estaba vistiéndose con la ayuda de Martha cuando un discreto golpeteo en la puerta llamó su atención. - Mi lady. - anunció una de las doncellas - Lord Ashcombe pregunta si desearía acompañarlo esta mañana. Desea mostrarle una parte de la casa que considera importante para usted. Isabella giró la cabeza, sorprendida. - ¿Ahora? - Sí, mi lady. Ha dicho que la esperará en el vestíbulo. Se apresuró a terminar de vestirse, eligiendo un vestido de lino azul claro con encaje pálido en los puños. Algo sencillo, pero adecuado. Algo que no gritara que estaba nerviosa. Porque lo estaba. No por miedo, sino por algo más delicado: la idea de estar a solas con Rowan en un espacio que él mismo había elegido para mostrarle. Al llegar al vestíbulo, lo encontró de pie, esperándola con una compostura perfecta. Iba vestido con una chaqueta de terciopelo n***o y pantalones grises. Tenía las manos enlazadas tras la espalda, pero al verla, su expresión se suavizó. - Buenos días, Isabella. - La forma en que pronunciaba su nombre empezaba a provocarle algo tibio en el estómago - ¿Dormiste bien? - Un poco mejor. - respondió con honestidad. - El té ayudó. Gracias por recordarlo. Asintió con una leve sonrisa. - Me alegra. Hoy pensé en mostrarte algo especial. La galería de los retratos familiares. Es una de las alas más antiguas de la villa y… también la más silenciosa. Isabella parpadeó, sorprendida. - ¿Retratos? - Sí. Te dará una idea más clara de lo que somos… y de lo que heredarás, como parte de esta familia. Esa última frase la hizo enderezarse con elegancia. No era una amenaza, ni una advertencia. Más bien, sonaba como una revelación que debía conocer. Caminaron por un pasillo amplio, decorado con alfombras gruesas y paredes cubiertas por tapices antiguos. La casa tenía un aroma distinto por las mañanas: mezcla de madera pulida, piedra húmeda y flores frescas que las criadas habían dispuesto en jarrones estratégicos. Pero conforme avanzaban hacia la galería, el aire cambió. Se volvió más frío, más solemne. La puerta que Rowan abrió era de roble macizo, con herrajes envejecidos. Del otro lado, se extendía un pasillo alargado, tenuemente iluminado por la luz natural que caía a través de vitrales de colores. A ambos lados, retratos de distintas épocas colgaban en una sucesión que parecía contar una historia sin palabras. - Esta es la sangre Ashcombe. - dijo él en voz baja - Los rostros que nos miran desde el pasado. Isabella avanzó despacio. Algunos retratos eran de hombres severos, con trajes militares, espadas o bastones de mando. Otros mostraban mujeres con miradas altivas, cuellos altos y peinados elaborados. Pero también había niños. Y en los ojos de muchos de ellos, encontró algo inquietantemente familiar: melancolía. - ¿Quién era ella? - preguntó, deteniéndose frente a una joven de cabello oscuro recogido con cintas doradas. El retrato era más pequeño, casi discreto, pero estaba enmarcado con esmero. Rowan se acercó, su voz un poco más baja. - Beatrice Ashcombe. Mi tía. Nunca se casó. Dicen que amó a un hombre que no estaba a su altura. Murió joven. Muchos creen que fue de pena. Mi abuela no permite que se hable demasiado de ella. - Pero tú me la muestras. - murmuró Isabella, sin apartar la vista del rostro pintado. - Porque creo que necesitas ver todas las versiones de lo que implica ser parte de esta familia. No solo la que aparece en los libros de historia. Siguieron caminando. Rowan no la tocaba, pero su cercanía era constante, como una sombra protectora. Le hablaba de ciertos antepasados con respeto, de otros con desdén apenas disimulado. Y en medio de esas descripciones, Isabella notó algo: había dolor en su voz. Dolor y algo parecido a… resignación. - ¿Alguna vez deseaste otra vida? - preguntó sin pensarlo. Rowan la miró. Hubo una pausa. Luego asintió. - Sí. Pero cuando tu nombre está grabado en los muros antes de que nazcas, las elecciones se vuelven un lujo. Esa respuesta la tocó más de lo que esperaba. Porque, en el fondo, ella también había sentido eso. Había vivido entre expectativas: de su madre, de su institutriz, de la sociedad. Y ahora, del apellido que había tomado al casarse. Llegaron al final del pasillo. Allí colgaba un retrato imponente: un hombre de cabello n***o, ojos duros y una mujer a su lado joven, de rostro bello, casi irreal. Entre ellos, un niño. Isabella frunció el ceño. - ¿Esa es…? - Mi madre. - Su voz sonó más áspera - Y ese era yo. El silencio que siguió fue pesado. No había ternura en la escena pintada, a pesar de la familia retratada. La madre no lo tocaba. El padre lo miraba como si evaluara su valor. Solo el niño tenía la mirada perdida, como si ya supiera que no encajaba allí. Rowan se apartó un paso, llevándose las manos a los bolsillos. - No es necesario que te parezcas a ninguno de ellos. - La miró entonces, directo, sin filtros - Solo quiero que seas tú. Aquí, conmigo. Sin máscaras. Sin miedo. Las palabras fueron una sorpresa. Isabella sintió cómo se le aceleraba el corazón, pero no era incomodidad. Era algo más cálido, más peligroso. Una chispa. - Aún estoy aprendiendo. - susurró - Sobre ti. Sobre esta casa. Sobre… lo que significa ser tu esposa. El joven asintió, dando un paso hacia ella. La luz del vitral cayó sobre su rostro, dibujando colores azules y rojos en su piel. - Y yo prometo enseñarte. A mi manera. No hubo caricia. No hubo beso. Solo esa promesa flotando entre ellos, como una red invisible que empezaba a envolverlos. - ¿Estás dispuesta a aprender? - preguntó con una voz que pareció acariciarla. - Si... Rowan pasó sus dedos por la curva de su cuello tan suave como las alas de una mariposa y la piel de la joven reaccionó como si tuviese frío. - Te enseñaré lento, Isa... - susurró cerca de su oído - Quiero que disfrutes tanto como yo... - Rowan... - la voz de Isabella sonó frágil. - Vamos... - le dijo incorporándose con educación - Desayunaremos en la terraza. La joven asintió sin decir nada. No podía. Su cuerpo vibraba ante el calor de su aliento en su oreja. El conde sonrió. El primer paso estaba dado.
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