Voces Entre Páginas
La mañana en la villa se estiraba entre el aroma a té, pan tibio y el murmullo de platos recogidos por el personal. Martha la había vestido con un traje color crema, sencillo pero entallado y había recogido su cabello en una trenza baja adornada con una cinta burdeos.
- Hoy luce como una dama de novela. - dijo la criada con una sonrisa cómplice mientras la ayudaba a ponerse una chaquetilla fina -Lord Ashcombe notará eso, se lo aseguro.
Isabella no respondió. Notarlo ya lo había hecho.
Durante el desayuno, sus miradas se cruzaron más de una vez. No había palabras directas, solo el lenguaje silente de los gestos: cómo él servía más té antes de que ella lo pidiera, cómo sus dedos se demoraban al dejar el azucarero cerca de ella. No era el mismo hombre del primer día. No era el distante, ni el frío. Era… ¿Curioso? ¿Atento? Sus atenciones la llevaban a sueños e ilusiones.
- ¿Te gustaría que leyéramos algo juntos esta mañana? - preguntó Rowan al final, mientras tomaban un último sorbo de té - El salón de la biblioteca tiene buena luz a esta hora.
Isabella asintió. Más por intriga que por costumbre.
- ¿Qué libro tienes en mente?
El conde sonrió de forma ligera, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
- Uno que leí con mi madre cuando era niño. Pero lo redescubrí hace unos años… y no se siente infantil cuando uno lo escucha en voz de alguien interesante. - se levantó y le extendió la mano para que lo acompañara.
La joven la tomó y Rowan demoró más que el protocolo en soltarla y ella lo notó, pero no habló. Caminó en silencio hasta el salón de lectura.
El salón de lectura de Ashcombe era una habitación de techos altos, con cortinas color marfil que dejaban filtrar la luz del sol. Estaba decorado con sofás mullidos, una alfombra de tonos cálidos y estanterías altas que cubrían casi todas las paredes. Junto a la chimenea apagada, una mesa de mármol blanco sostenía una pila de libros antiguos, uno de los cuales ya esperaba abierto, como si él lo hubiese preparado antes del desayuno.
Isabella tomó asiento en un sillón individual, pero Rowan, sin decir palabra, arrastró un banco bajo para sentarse a su lado, en ángulo. No invadía su espacio, pero sí lo ocupaba con intención.
- ¿Te molesta si leo en voz alta? - preguntó, girando el libro entre sus dedos.
- No. - respondió ella - Adelante.
El conde comenzó.
Su voz era suave, pausada. Rica en matices. Cada palabra parecía medida, no solo por el sentido del texto, sino por cómo caía en el aire entre ellos. Leía de un autor francés, un cuento simbólico sobre una mujer que vivía en una casa encantada, con jardines secretos que solo se abrían cuando se hablaba en voz baja.
El ritmo del relato era hipnótico.
Isabella se sintió envuelta por la cadencia de la voz de Rowan, como si cada sílaba dibujara un círculo íntimo a su alrededor. De pronto, no se encontraba en la biblioteca de Ashcombe, sino en la historia. En ese jardín. En esa soledad compartida.
Y entonces, sin previo aviso, él se inclinó un poco más hacia ella.
No era un movimiento brusco. Solo lo suficiente para que su rodilla rozara la de ella. El roce fue ligero, pero no accidental. Isabella no se apartó. Sintió que su respiración se alteraba por apenas un instante, mientras él seguía leyendo, impasible.
- “… y cuando la dama descubrió que el jardín respondía a sus pensamientos, entendió que no era la casa la que estaba encantada… sino su propio corazón” - recitó.
Hizo una pausa, dejando la frase flotar.
- Curioso final. - comentó él - No hay un beso. No hay promesas. Solo… descubrimiento.
La joven se humedeció los labios, notando por primera vez lo cerca que tenía su rostro. No lo miraba directamente, sino que fijaba la vista en el libro. Pero podía percibir el calor de su proximidad, el leve aroma a sándalo de su loción.
- ¿Y tú qué opinas? - preguntó con voz más baja - ¿Prefieres historias con finales cerrados? ¿O con puertas abiertas?
- Depende de qué hay al otro lado de la puerta. - respondió ella.
Rowan dejó el libro cerrado sobre su regazo.
- A veces… lo importante no es la historia. Sino con quién decides leerla.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra.
El conde se incorporó, dejando el banco en su sitio y estiró la mano hacia el libro como si fuera a guardarlo. Pero en cambio, con el pulgar, rozó el dorso de la mano de Isabella. Un toque mínimo, intencionado, íntimo.
Ella no se movió.
- ¿Quisieras que lo continuáramos esta noche? - preguntó.
- Sí. - susurró.
El joven asintió con una media sonrisa. Y entonces, como si nada hubiese pasado, dejó el libro sobre la mesa y se retiró con la elegancia de quien conoce cada rincón del deseo… y cada paso hacia él.
Isabella permaneció en el salón largo rato después de su partida. Sus dedos aún sobre el brazo del sillón, donde él los había rozado. Aún sentía el calor de su voz. La vibración de cada palabra.
No sabía qué esperaba de ese matrimonio. Pero, por primera vez desde que llegó a Ashcombe Hall, su cuerpo le hablaba. Y su piel… empezaba a escuchar.
Se sentía extraña. Su cuerpo se sentía caliente y el estómago parecía estar lleno de mariposas. El corazón le latía rápido y la respiración quedó agitada.