—Todavía no entiendo por qué ese hombre te abrió la puerta —dijo Myriam cuando íbamos camino al internado. —¿Tú qué crees, Emily? —pregunté. —Yo prefiero no opinar, chicas. Trabajo en esa casa y, como dice Alfredo, no me corresponde opinar. —Ay, vamos, que no diremos nada —dijo Myriam. —¿En verdad quieren mi opinión? Asentimos. —A ese hombre le encanta la música que escuchas, Tina —dijo Emily, copiando la manera en que Myriam me llamaba. —Pero esa noche tenía los audífonos puestos —dije—, precisamente para que no fuera a venir, porque ya antes se había quejado por el ruido. —Emily —dijo Myriam—. Yo sé qué es lo que piensas, porque es lo mismo que yo opino, pero entiendo que no quieras decirlo, así que lo diré yo. —¿Y eso es…? —preguntó Emily. —Que es un pervertido y creyó qu

