SAHARA
Al llegar a la editorial, me dirijo hacia la oficina de Santiago. Ya no soy una colegiala que disfruta ver como dos chicos guapos pelean por ella. Tengo que tomar una decisión y lo haré en este preciso momento.
Anoche estuve pensando en la confesión de Santiago, se sintió real y sincera. Adrián me gusta, pero no como me gusta Santiago. Con Santiago siento que puedo ser yo misma, sin tener que fingir nada.
—Buenos días —saludo a su secretaria—. ¿El señor está en su oficina?
—El señor no ha llegado, ¿quieres dejar algún recado?
—No, gracias. Espero un rato más.
Me regreso a mi escritorio a seguir buscando algo para el siguiente artículo. Después de aquél escándalo en el aniversario, la gente y los medios están más pendientes al siguiente número de este mes.
—¡Atención todos! —grita Verónica, la subgerente—. La señora Miramontes me ha pedido que todos trabajen duro para la siguiente entrega, ya que se hará público el compromiso del señor Santiago con la señorita Aurora. Y, tú, Sahara, la escritora estrella, tienes que hacer un artículo con los mejores tips de belleza para lucir radiante el día de tu boda.
—¿Por qué debería de hacer eso?
—Porque trabajas aquí, fueron órdenes de la jefa.
Aprieto los puños de rabia. ¿Hasta dónde pretende llegar todo esto? ¿A caso Santiago pretende votar a la bruja en el altar? No me gustaría que esto salga a la luz, no quiero que el día de mañana todos me señalen como la amante furtiva, la bruja del cuento que destrozó un falso y patético cuento de amor.
Tomo mi teléfono y llamo a Santiago muchas veces. Él no responde y tampoco responde los textos. Si quiere que estemos juntos, está noticia no debe hacerse pública. Estoy segura de que la directora lo hace a propósito para que mi artículo pasado sea olvidado de golpe, una noticia como está eliminará cualquier rastro del artículo de la mujer plus size.
SANTIAGO
Tomé el primer vuelo del día hacia Estados Unidos. El abogado de mi finado padre me ha solicitado una reunión.
El abogado me espera en el aeropuerto. Su despacho se ubica en el centro de Seattle. Seis horas de vuelo hicieron que se me entumieran las piernas.
—Es un gusto volver a verte, Santiago, mírate, ya eres todo un hombre.
—Muchas gracias, Gerardo, para mí también es un gusto verte de nuevo.
—Date prisa, hice una reservación en un buen restaurante.
Subimos a su auto con rumbo al restaurante. Un buen restaurante, más bien, el favorito de mi padre. Cada vez que veníamos a Seattle, nos deteníamos a comer aquí. La familia de mi padre vive aquí, aunque no tengo mucho contacto con ellos. Odian a la directora, algo que tenemos en común, pero no me apetece visitarles.
—¿Por qué tardaste tanto en ponerte en contacto conmigo?
—Tu madre es... es terrible, sin ofender. Siempre está al acecho, y por eso hice que vinieras hasta acá.
—¿Qué ocurre, Gerardo?
—Debo decir que estoy traicionado mi ética profesional al decirte esto, sin embargo, considero que es lo correcto. Tu padre no Sol fue mi cliente, si no también mi mejor amigo, es por eso que lo hago. Tu madre me ha pedido que ponga la editorial a nombre de Adrián Cornejo.
—¿Por qué hizo tal cosa?
—Dice que no mereces tener nada, ya que está segura de que no tendrás los pantalones para casarte con la mujer que ella ha designado para ti.
—Por supuesto que no lo haré. Ya no pienso ser su maldita marioneta.
—¿Por qué no lo piensas bien? Te casas con ella, aseguras la editorial y después te divorcias.
—¿Por qué me aconsejas semejante cosa? Se supone que estás de mi lado.
—Todos los bienes están a nombre de tu madre, ella puede hacer y deshacer con todo a su antojo.
—Esto no es justo. ¡Maldición!
SAHARA
Santiago no apareció en todo el día, su secretaria me aseguró que no iba a venir. No me responde el teléfono. Lejos de sentirme molesta, en realidad me siento preocupada. ¿Le habrá ocurrido algo? Espero que no.
—El día de hoy quiero que me acompañes al teatro, preciosa. Hay una obra muy interesante que me gustaría que vieras conmigo —dice Adrián, animoso.
—¿Podemos ir mejor a cenar, por favor?
—Claro, podemos ir al teatro mañana.
Me invita a subir a su auto y nos dirigimos al restaurante de la otra noche.
—Te noto preocupa, ¿todo está bien?
—¿Sabes dónde está Santiago?
—¿Por qué de pronto me preguntas por él?
—Adrián, eres un buen hombre. Me gustaría conservar tu linda amistad, si se puede.
—¿Me estás diciendo que lo eliges a él?
—Lo que yo siento por Santiago es algo complicado, pero es real y sincero. Lo siento.
—Santiago se va a casar con Aurora, eso es un hecho.
—Todavía no es un hecho, él siente lo mismo por mí.
—Te estás equivocando. ¿Dónde crees que está Santiago en estos momentos?
—No lo sé, está ocupado, supongo. Pero eso no importa, lo amo —suspiro profundamente. Por fin puedo decir lo que siento por él sin ningún complejo que me estorbe.
—Santiago salió del país, la boda será en España. Aurora se acaba de ir para allá, se fue a alcanzar a Santiago. Ambos se están preparando para su boda de pasado mañana. Te iba a pedir que me acompañaras, pero creo que eso no será prudente. Me gustas, Sahara, y por esa razón no puedo ser tu amigo. Tampoco son un imbécil, así que terminemos en paz. Si algún día nos volvemos a encontrar, te saludaré con alegría y respeto. Cuídate mucho, y lamento decepcionarte de esta manera. Santiago no es quien tú crees —se levanta y sale del restaurante.
No creo que esté mintiendo, ¿o sí? No lo sé, seguiré intentando comunicarme con él.
SANTIAGO
Todo está perdido. Me niego rotundamente a casarme con esa mujer. Y eso no es todo, Sahara me sentenció también. Si no acabo este teatro con Aurora, no la volveré a tener entre mis brazos.
Llego a mi departamento agotado por los vuelos, molesto y triste. Debo tomar una decisión, quizás una de las más importantes en mi vida.