Hipnosis Eran las vacaciones de Navidad y estaba más emocionada que de costumbre por terminar la escuela. Papá siempre me recogía, aunque tenía 18 años. No le gustaba la idea de que viajara apretada en el autobús con todos esos otros estudiantes, y desde luego no me dejaba conducir un coche: —¡ Los coches te llevan con otro chico! — decía. —¡Hola, cariño!— dijo cuando me subí al asiento del pasajero de su camioneta. —Hola, papi—, dije, y me incliné sobre la consola central para besarlo en la mejilla. Me encantaba nuestro saludo tradicional. La sensación de su barba desaliñada en mis labios, el olor familiar de su desodorante. Papi olía a calor; olía a seguridad. —¿Qué tal tu último día de clases del año?—, preguntó al salir del estacionamiento de la preparatoria. Montones de nieve se

