─¿A dónde vas con tanta prisa? ─Cuestiona sobresaltándome. ─Eso a ti no te importa ─murmuro, saliendo del ascensor para dirigirme al otro. Pero el me detiene sosteniendo un agarre de mi brazo. Le miro con molestia, pero hace caso omiso ante mi advertencia abismal de mis ojos. ─Quieta, fiera ─ronronea, haciendo que me introduzca más en el ascensor y las puertas se cierren en mi cara. Me zafo de su agarre con brusquedad, provocándome una sensación extraña y un gesto de dolor. ─¡No te atrevas a tocar una vez más, te juro que te…! ─Hazme lo que quieras, recuerda que me gusta el sado ─dice con una sonrisa sugestiva, me quedo inerte mirando su semblante, pareciendo más dominante de lo normal y yo más pequeña ─así que si me cacheteas, golpeas o haces algo… sentiré placer y no creo que

