—¿Por qué no hablas con ella? —propuso y yo no dije ninguna palabra. Al llegar a casa, me sentí muy vacía. Ahora qué harías en mi mamá. No lo sabía, eso me estaba llenando de desesperación. Un profundo dolor. Dejé aquella cajita donde estaban sus cenizas, frente a mi cama. No sabían en qué instante las desparramaría. Ella siempre dijo que lo hiciera cuando yo me sienta muy feliz. Ahora, me sentía más vacía que jamás en toda mi vida. Incluso cuando Eduardo me dejó, no me sentía así. Me recosté, Emma estaba dormida la cuna. Lloré, mi cuerpo temblaba. Me quedé dormida, con lágrimas pegadas. Al día siguiente, no quería moverme para nada, quería morirme ahí mismo. Rodeada de sábanas cálidas, un colchón del mismo modo. Cuando quiero ver a Emma, descubro una nota en vez de a mi hija. Mensa

