Agarro el frasco de kétchup y le echo alrededor de mis papas fritas, cuando creo que sabes suficiente, devuelvo el frasco a su lugar y me limito a comer en silencio.
Miro a Sophie quien tiene la mirada clavada en algún rincón. Muevo mi mano de un lado a otro tratando de llamar su atención pero no funciona, sigue distraída. Frunzo mi ceño y sigo la dirección de su mirada, una mirada burlona se posa en mis labios al ver que esta mirando, mejor dicho, a quien esta mirando.
Un chico que se encuentra sentado en el rincón del restaurante ha logrado captar toda la atención de mi querida amiga. El chico está entretenido con un libro : El chico de mis sueños. No me opongo que un hombre lea algo de romance, de hecho me parece algo super lindo pero ¿Ese título? ¿No pudo elegir otro?.
Niego y vuelvo mi mirada hacia mi amiga.
Por un momento pienso en lanzarle una papa frita para traerla a la realidad, pero por otro lado... ¡La comida no se debe desperdiciar! y mucho menos si es comida chatarra.
Agarro una servilleta que se encuentra en el centro de la mesa de metal, la hago una bolita y la arrojo justo en el centro de su frente.
Ella pestañea varias veces antes de mirarme. Al ver mi sonrisa sus mejillas se sonrojan, sabe que la he atrapado.
—¿Te perdiste en el sendero de su mirada cuando ibas de camino a su corazón? —Llevo una papa a mi boca mientras observo como su rostro se vuelve completamente rojo y los nervios la invaden.
Abre y cierra la boca como un pez.
Su expresión me causa gracia y por más que lo intento, no puedo evitarlo y comienzo a reír fuerte. En tan solo un segundo siento las miradas sobre mi.
—¡Cállate!, ¡Estás llamando la atención de todos! su voz sale aguda.
Hago caso omiso a sus palabras y sigo riendo.
La veo agarrar uno de sus nuggets, conozco su intención por lo cual cuando ella me lo lanza logró atraparlo con mi boca.
Le dedico una sonrisa de labios cerrados mientras mastico, y al tener toda la atención sobre nosotras, Sophie agacha la cabeza creando una cortina con su larga cabellera.
Siempre he amado molestarla, es como una niña pequeña de siete años a la que logras hacer pasar vergüenza con cualquier cosa. Aunque la mayoría de las veces lo hacía para que dejara de ser tan tímida, porque si es así alguien se aprovechará de ello.
A pesar de que no somos las típicas mejores amigas que se conocen desde la infancia, y que a apenas llevamos un año de amistad, somos muy cercanas.
Sophie y yo logramos coincidir en un curso de verano el cual nuestros padres decidieron que necesitábamos. Yo sí lo necesitaba pero ella no, sus notas eran impecables. Fuimos compañeras de banco, y debo admitir que me agradó de inmediato, era divertido molestarla y siempre se preocupaba por los demás. Tres meses después la encontré en el colegio y por supuesto empezamos a convivir más tiempo.
En realidad creo que me llevo bien por ser todo lo opuesto a mi. Mientras ella es alguien tímida, poco sociable, tranquila, estudiosa y no puede hablar en público; yo soy fiestera, desvergonzada, mis notas son una vergüenza para el sistema educativo y puedo hablar con cualquiera que pase. Sin duda todo lo opuesto.
Y por supuesto que ninguna de las dos somos las típicas rubias o pelirrojas, no somos de ojos claros o cuerpos esculturales, no somos las nerds ni las populares, solo somos dos chicas y nada más.
Pero tenemos nuestro encanto. Sophie es pelinegra, de tez clara, ojos redondeados, nariz ligeramente ancha, labios un poco gruesos y un cuerpo normal. Y yo era lo contrario: pelo castaño hasta los hombros, grandes ojos cafés oscuros, piel ligeramente blanca, nariz pequeña, labios regordetes, y por el hecho de que mi falda me apretaba, estoy segura que ya no estoy tan delgada.
Frustrada por el hecho de que estoy siendo torturada por un pedazo de tela, me levanto de mi asiento y me quito la falda lo más rápido que puedo, quedando solamente en un short. Guardo mi uniforme en mi mochila y me vuelvo a sentar, esta vez más tranquila para seguir devorando como un puerco.
Sophie vuelve a mirar al mismo lugar que al principio pero con algo de decepción. Me giro y entonces veo que el chico que se ha comido con la mirada, ahora camina rumbo a la salida. Bufo de manera exgerada.
Siempre tengo que hacer todo yo.
Me levanto y camino hacia él ignorando las protestas de mi amiga, toco el hombro de aquel pelinegro, él se da media vuelta y al verme su ceño se frunció.
—Realmente no entiendo el porqué pero mi...
—¿Quién eres? me interrumpe.
—¿No te enseñaron en casa qué interrumpir a alguien es de mala educación?. La situación es está, la chica que está ahí—Señalo a Sophie y ella se esconde entre sus manos al ver que está siendo observada —es la candidata perfecta para ser tu novia, quizás tu esposa, y te aseguro que ella no te juzgará por lo que lees —miro el libro que tiene en su mano.
—Es linda.
—Lo es.
—Pero me gusta alguien más —giro los ojos con fastidio.
—Solo que te estoy ddiciendo que te des la oportunidad de conocerla.
No le doy la opción a que responda, lo sujeto por los hombros y lo empujo hasta llegar a la mesa donde se encuentra una muy colorada Sophie, lo obligo a sentarse justo donde yo estaba minutos antes.
>Ustedes dos deberían conocerse, hablar mucho y si todo sale bien, te doy mi permiso para que le metas la lengua hasta la garganta, y si quieres ir más allá no te olvides de ir a la guerra sin protección—le guiño un ojo a Sophie y me retiro del lugar.
—Gracias por todo, Mike —Grito al mismo tiempo que enciendo el motor.
Mientras espero que el motor caliente un poco, saco mi teléfono de mi mochila y veo que son las siete de la noche. Al parecer he estado todo el día en la calle.
Un mensaje llega a mi teléfono y lo abro enseguida.
¿Dónde carajos estás?
Mamá.
Suspiro y decido llamarla de inmediato, al primer timbrazo contesta.
—¿Qué sucede?.
—¿Dónde estás?, tu padre y yo acabamos de llegar y no hay ni rastros de ti.
Normalmente en ocasiones como estas suelo inventar alguna excusa tonta como que tuve que hacer un trabajo y estuve con Sophie, pero esta vez no hice nada malo. Así que ¿Por qué mentirle?.
—Después de la escuela fui con Sophie a almorzar, luego fui a la librería en busca de unos libros, no me apetecía estar en casa por lo que fui al cine...
— ¿Fuiste al cine sola?
— A veces necesito estar a solas con mi perturbada mente—La escucho gruñir—.Después fui de compras—Miro las bolsas que reposan en el asiento de atrás—y en este preciso momento estoy en el taller recogiendo mi auto, así que no te preocupes que ya voy a volver a mí prisión. Nos vemos.
No la dejo responder y cuelgo la llamada. Seguro obtendré un regaño por eso, pero no importa. Lanzo el teléfono en el asiento de copiloto y comienzo a conducir.
Las calles están completamente tranquilas, no hay tránsito ni conductores gritando que soy muy imprudente al conducir.
Tan solo faltan tres cuadras para llegar a casa. El semáforo cambia a rojo y me detengo, agarro mi teléfono y verifico si tengo un mensaje de Sophie, pero nada. Tal vez le fue mejor de lo que pensaba y en este momento tiene las manos muy ocupadas.
No, Sophie no es de esas.
La puerta del copiloto se abre haciendo que mi corazón de un pequeño salto por temor, cuando veo de quién se trata me calmo.
Él cierra la puerta con demasiada fuerza.
—Tranquilo, bestia. No es necesario el maltrato —Suelto con un poco de molestia.
— ¡Acelera!
— ¿Por qué debería?, dame una buena razón—Y como si el universo me hubiera respondido, un disparo se hace presente.
Miro por el espejo retrovisor del pasajero y veo que un hombre corre en nuestra dirección, con un arma en la mano, seguido de una muchacha que trata de alcanzarlo
>¿Con quién te metiste esta vez, Romeo?
Inclino mi cabeza ligeramente hacía la derecha y lo miro con un poco de fastidio.
—Julie Vargas, todo estaba bien hasta que su padre nos encontró a punto de hacerlo, y creo que ya te das ideas del resto.
— ¿Cuánto me pagarás por no permitir que te vuele tus partes nobles? —Digo mientras veo como se acerca rápidamente aquel sujeto.
—Hoy en la mañana hiciste que mi cabeza quede estampada contra la pared, así que me debes una.
—Así que fue a ti —Hago una mueca al imaginar el golpe, debo admitir que fue un poco fuerte.
—¡Acelera!.
— Pero está en rojo.
— ¿Desde cuándo te importa eso? —Tiene un punto.
Piso el acelerador e ignoro los claxons de los otros conductores. Miro de reojo al chico que se encuentra a mi lado y noto que respira con más tranquilidad. La falta de su camiseta me da una buena vista de su abdomen, sin duda le dedica un buen tiempo.
Sonrio al recordar aquella escena, pero ¿Qué más puedo esperar si se trata de Adam Clark?. Y pensar que crecí en el mismo vecindario que este completo idiota. Sí, así es, cuando era niña tenía una gran pandilla de amigos, nos divertíamos sin importar nada, claro que eso era antes de que Chloe se hiciera porrista, Walter fuera capitán del equipo de voleibol, Karol se mudara y por supuesto, que Adam se hiciera un completo mujeriego.
Con el único que seguía manteniendo una pequeñísima amistad era con el idiota de Clark, por supuesto que no le hablaba en el colegio, no quería que me confundan con una de sus aventuras. Aunque debo admitir que el condenado está bueno, y eso él lo sabía muy bien. Es decir, su cabello era castaño oscuro que en ocasiones podía verse n***o, cejas gruesas, ojos grandes de color celeste, rasgos finos, mandíbula remarcada y un cuerpo muy bien trabajado. ¿Quién no quisiera besarlo?, la respuesta es fácil : yo.
No es que no lo considerará atractivo, simplemente sé que es un idiota.
—Cuando estés en el infierno, lame el piso y dime a que sabe —Digo mientras estaciono frente a su casa.
—Bésame, solo así sabrás a qué sabe —Coloca su mano en mi muslo y le da un leve apretón.
Giro los ojos ante su acto.
—No, gracias —Golpeo su mano logrando quitarla, y el ríe.
— Bésame.
— No.
— Solo un beso francés.
— No.
— ¿Uno de dos segundos?
— No.
— ¿Un pequeño tope?
— No.
— ¿Un roce?.
— No, y bájate de una vez —No estoy de humor para aguantar está típica pelea. Porque aunque no lo quiera, esto sucede muy seguido.
— Algún día me vas a rogar para que te bese—Comienza a acariciar mi cuello hasta llegar a mi mandíbula, su dedo pulgar acaricia mi labio inferior —, y créeme, disfrutaré ese día —Me guiña un ojo y luego se baja del auto.
Sonrio ante sus ocurrencias, sin duda a este chico le falta un tornillo. Vuelvo a encender el auto y me dirijo a mi casa, está vez sin interrupciones.