En el jardín nevado, el aire frío golpeó su rostro, pero no se detuvo. Fue hasta el auto y se marchó, abandonando por ese día el trabajo.
Gabriel continuó trabajando hasta el mediodía, luego se fue a su departamento, se dio un baño y quedó de reunirse con Elena. La elegante mujer lo esperaba en el restaurante del hotel.
—Disculpa, me atrase un poco —Elena no le dio importancia.
—Tranquilo, también suelo llegar tarde —hizo una pausa—, menos con Isa, porque ya pudiste darte cuenta de que odia los atrasos.
—Sí, ya me di cuenta, pero parece que no es solo eso lo que odia.
—Ah —Elena miró a su alrededor y se inclinó hacia adelante—. Ella odia a los hombres y a la Navidad —susurró bajo—, pero es una buena chica, un encanto de mujer, solo que esos dos canallas no supieron valorarla.
—Dos canallas. Así que, por qué dos hombres le destrozaron el corazón, está amargada contra el mundo y la Navidad.
—Es que los dos engaños los descubrió en diciembre, uno más doloroso que el otro.
Esa noche, en medio de la soledad de su habitación, Isabela abrazaba su almohada, única testigo de sus noches triste y llantos desgarradores. No sabía que había mal en ella, porque los hombres que había amado con toda su alma La habían destrozado de esa forma, haciéndola sentirse como una mujer que solo serbia para ser la otra.
Rafael la llamó en un par de ocasiones, hasta que aceptará verlo. Isabela aceptó porque creyó que le pediría disculpas por su engaño, no obstante, Rafael le ofreció el puesto de amante.
Esa noche, Isabela lloró y se río en la cara de él. Enfureció tanto que terminó golpeándolo.
Como se le ocurría que ella, después de ser la novia aceptaría ser la amante, más, cuando ya estaba comprometido con su hermana. Eso, no solo le produjo coraje, sino, un dolor profundo en su pecho.
Y luego estaba Daniel, el miserable que logró convertirla en lo que Rafael no pudo. En la pendeja amante, la que recibe migajas, la que debía conformarse con tenerlo una vez a la semana.
Como se odió aquel día que descubrió que había sido la amante de ese canalla que le habla de boda, de una familia feliz. Cómo sintió asco de sí misma por haber estado con un hombre que compartía la cama con otra mujer hace más de siete años.
Sí que le dolió, sí que la hirió de muerte y la dejó encerrada por muchas semanas en esa habitación.
Al día siguiente Isabela no fue al trabajo, se quedó en casa porque había llorado toda la noche, no por esos miserables, sino, por ella. Porque se sentía sucia, usada, como cada vez que recordaba su miserable pasado.
Cada vez que los recuerdos de esa vía de engaños que llevó regresaban a su cabeza, la hacía sentir tan inhumana y sin escrúpulos. Solía quedarse encerrada hasta sacar la tristeza y la amargura que la carcomía.
El viernes por la mañana, Isabela llegó a la oficina con una lista de tareas que parecía interminable. La luz del sol se filtraba a través de las ventanas, iluminando su escritorio desordenado. En el aire flotaba el aroma del café, y el murmullo de sus compañeros de trabajo creaba un ambiente de actividad constante.
—Buenos días, Isabela —saludó Lucía, su asistente, mientras entraba con dos tazas de café en las manos—. Te he traído tu café habitual.
—Gracias, Lucía —respondió Isabela, tomando la taza y sintiendo el calor en sus manos—. ¿Cómo va el informe de costos?
—Casi listo. Solo necesito que revises algunos detalles. Pero hay algo más que deberías saber…
Lucía se detuvo, mirando a Isabela con curiosidad y preocupación.
—¿Qué sucede? —preguntó Isabela, sintiendo que algo no estaba bien.
—He escuchado rumores en la oficina sobre el proyecto de la mansión. Algunos piensan que no deberíamos invertir tanto en ella, que es un gasto innecesario.
Isabela frunció el ceño. Sabía que había escépticos, pero escuchar que sus propios compañeros cuestionaban el proyecto la molestó.
—La mansión Victoria es una joya arquitectónica y tiene un gran potencial —afirmó con determinación.
—Lo sé, pero será mejor que te prepares para defender tu visión en la reunión del lunes. Algunos están listos para cuestionar tus decisiones.
Isabela asintió, sintiendo ansiedad por esa reunión. Estaba decidida a demostrar que su plan era viable y que la mansión podía convertirse en un hogar para niños, como Elena lo tenía planeado.
Después de un día lleno de reuniones y llamadas, Isabela decidió que necesitaba despejar su mente. Al salir de la oficina, sintió el aire fresco de diciembre acariciar su rostro. La ciudad estaba decorada para las festividades, luces brillantes colgaban de los árboles y los escaparates exhibían adornos navideños. Sin embargo, a Isabela le resultaba difícil disfrutar de la atmósfera festiva. En lugar de eso, se sentía atrapada en una burbuja de nostalgia y tristeza.
Decidió dar un paseo por el parque cercano. Mientras caminaba, sus pensamientos se centraron en Gabriel. No lo había visto en todos estos días, se preguntaba donde se encontraría. Recordó su sonrisa, la forma en que sus ojos verdes brillaban cuando hablaba de la mansión, y cómo su presencia había comenzado a afectar su concentración.
De repente, se dio cuenta de que había llegado a la plaza principal, donde un gran árbol de Navidad estaba adornado con luces y decoraciones. La música navideña sonaba suavemente, y un grupo de niños reía y jugaba alrededor del árbol. Isabela se detuvo un momento, observando la escena con melancolía y anhelo. Se vio a ella misma disfrutando esos momentos en su infancia, cuando no había dolor, cuando solo había felicidad.
—¿Te gusta? —preguntó una voz familiar a su lado.
Isabela se giró y encontró a Gabriel de pie junto a ella, con una sonrisa que iluminaba su rostro.
—No esperaba verte aquí —dijo, tratando de ocultar su sorpresa.
—Decidí dar un paseo para despejarme un poco. El aire fresco siempre ayuda a aclarar las ideas —respondió Gabriel, mirando hacia el árbol.
—Es hermoso —murmuró Isabela, sintiendo que su corazón se aceleraba al estar cerca de él.
—Sí, lo es. Pero lo que realmente importa son las historias que se esconden detrás de estas tradiciones —dijo Gabriel, volviendo su mirada hacia ella—. ¿Qué hay de ti? ¿Por qué pareces tan distante? —Ya lo sabía, pero esperaba abordar el tema con ella.