Part 2

2016 Words
Henry me fulminó con la mirada antes de girarse y marcharse con rabia contenida. Maya se apartó de mí con suavidad. —¿Estás bien? —le pregunté. Ella asintió, aunque bajó la cabeza, nerviosa. —Gracias, señor Larson… —Llámame Nathan. Y ya que estamos aquí, ¿qué te parece si cenamos juntos? Luego te llevo a casa. Maya levantó la mirada. Por primera vez en toda la noche, sonrió. —Está bien. No lo sabíamos en ese momento, pero ese encuentro lo cambiaría todo. ⸻ Después de aquella cena, empezamos a coincidir más. Lo nuestro comenzó como una broma para molestar a Henry. Pero, sin darnos cuenta, nos convertimos en algo más. En cada evento, en cada reunión, allí estaba ella. Y yo era el hombre más feliz del mundo. Con cada palabra que decía, podía entender que su esposa había sido excepcional. La mejor de todas. No tenía derecho a entrometerme en esto. Tenía que dejar de coincidir con Nathan. Pero aún así, pregunté: —¿Y después? Nathan sonrió. —Después de algunos años juntos, le propuse matrimonio en nuestro aniversario. Sus ojos brillaron con el recuerdo. —Nuestra boda fue sencilla, tal como ella la quería. Nada de lujos, nada extravagante. Solo algo especial para nosotros. Se quedó en silencio por un momento. —Poco después, Maya empezó a sentirse mal. Lo miré con atención. —Cuando fuimos al médico, nos dieron la noticia más hermosa de todas. Sus labios temblaron en una sonrisa. —Íbamos a ser padres. Tragó saliva. —Recuerdo que Maya lloró de felicidad. Y yo también. Su expresión se ensombreció. —Pero no todo fue felicidad. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Mi trabajo como abogado me mantenía ocupado, pero hice lo posible por estar con ella en cada momento. Su voz se quebró. —El día que Noah nació, yo estaba en una reunión importante. ******* —Acaso no has leído lo que te acabo de dar —dije con impaciencia—. A ambas partes les conviene. El hombre frente a mí me miró con escepticismo. —Aún así… —Además, con esas regalías, ¿quién no querría firmar? Iba a responder cuando la puerta de la sala de reuniones se abrió de golpe. Jazz entró corriendo, con el rostro pálido. —Perdón… perdón por interrumpir… Algo en su tono hizo que mi corazón se acelerara. —Señor Larson… —¿Qué pasa? —Su esposa… tuvo un accidente. El aire se me atascó en la garganta. —¿Qué dijiste? —Tienen que sacar al bebé. Ahora. El mundo se inclinó bajo mis pies. Mi teléfono estaba sobre la mesa. Lo agarré y vi las llamadas perdidas de Maya. Tantas. Dios. Miré a Robinson, el cliente, pero su rostro se desdibujaba frente a mí. —Lo lamento —murmuré. Salí de la oficina sin esperar respuesta. El ascensor tardó demasiado. Corrí por las escaleras. Cada latido de mi corazón retumbaba en mi cabeza. Cuando llegué al hospital, fui directo a la recepción. —Mi esposa… Maya Larson… tuvo un accidente. La recepcionista tecleó rápido en la computadora. —Tercer piso, habitación doce. No esperé más. Corrí. Al llegar, vi al doctor afuera de la habitación. —Usted debe ser… —Su esposo —interrumpí—. ¿Qué pasó? El doctor suspiró. —Tuvo un accidente de tránsito. El impacto indujo el parto de forma prematura. Mi pecho se oprimió. —¿Está bien? ¿Y el bebé? —Es una situación delicada, señor Larson. Necesitamos su firma para la cirugía. —¿Qué? —Maya y la niña están en riesgo. Me quedé helado. —Déjeme verla. El doctor asintió y abrió la puerta. Entré. Maya estaba en la camilla. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Cuando me vio, forzó una sonrisa. —Nathan… Tomé su mano. Estaba helada. —Debes firmar —susurró—. Pase lo que pase, quiero que Noah nazca. Su voz tembló. Yo también. Apreté su mano con fuerza. —Estarás bien. Maya sonrió. Pero no dijo nada. Firmé los papeles sin soltar su mano. Me incliné y besé su frente. —Te amo. Sus ojos brillaron con lágrimas. —Yo más. Entonces la puerta se abrió. Los médicos entraron. Y tuve que dejarla ir. No pude verla, se la llevaron de inmediato para ser monitoreada. Pasaron tres días. Maya no hablaba, No comía. No reaccionaba cuando le hablaba. Los médicos dijeron que era depresión postparto. —Señor Larson. La voz de la enfermera me sacó de mis pensamientos. —Puede ver a la pequeña Noah. Desde la ventanilla. Me puse de pie de inmediato. Mis manos temblaban. Tomé el teléfono y le envié un mensaje a Lara. Mamá y papá estaban en la sala de espera con ella. Sabía que querrían estar aquí. Cuando llegué al pasillo, los vi acercarse. Ahí estábamos los cuatro, de pie frente al cristal. Y al otro lado… Noah. Era tan pequeña. Estaba conectada a varias máquinas, su pecho subía y bajaba con dificultad, y su piel se veía pálida bajo la luz artificial. —Es hermosa —susurró Lara, con la voz quebrada. —Lo es —respondí, sin apartar la vista. Mamá me pasó un brazo por los hombros. —Tienes que estar tranquilo, hijo. Noah saldrá de esto. Asentí, pero no confiaba en mi propia voz. Pero cuando preguntaron por Maya, mi respuesta fue otra. —No está bien. Ella tampoco saldría de esto. Lo presentía. Los días pasaban. Noah tenía altibajos, y Maya… Maya estaba peor. Cuando entré a la habitación, la cama estaba vacía. Mi pecho se encogió. Salí al pasillo y vi a una enfermera. —¿Dónde está mi esposa? —Puede estar en la sala de neonatos. Algunas madres van a ver a sus bebés cuando no pueden dormir. Mi corazón latía fuerte mientras caminaba hacia allí. Y entonces la vi. De pie, sosteniéndose de la barandilla, con la mirada fija en nuestra hija. Noah seguía en observación, tan pequeña, tan frágil, rodeada de máquinas y cables. Pero lo que más me preocupó no fue ella… sino Maya. Me acerqué con cuidado, sin hacer ruido. —Maya… No respondió. Su voz fue apenas un susurro. —Es mi culpa. Todo es mi culpa, pequeña. Mi estómago se revolvió. —No debí salir ese día… si me hubiera quedado en casa… —Su voz se quebró. Se tambaleó. Me adelanté y la sostuve antes de que cayera. —Cariño, no deberías estar aquí sola. Pudiste haberme esperado. Ella negó con la cabeza. —No… es mi culpa… todo es mi culpa… Sus dedos se aferraron a mi camisa y comenzó a llorar. —Hey, no. No es tu culpa. Noah va a salir de esto, solo tenemos que esperar. Se quedó quieta en mis brazos, temblando. Entonces, la puerta de la sala se abrió. Los doctores entraron y comenzaron a mover las incubadoras. Cuando vi que se llevaban a Noah, mi pecho se oprimió. Maya también lo notó. —No… —susurró. De pronto, su cuerpo se tensó. —¡No! Se soltó de mí de golpe y corrió hacia la ventanilla. Golpeó el cristal con las manos. —¡Noah! ¿A dónde la llevan? ¡No, por favor, no! Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas. Me agaché a su lado, pero cuando intenté tocar su hombro, se apartó. —Cariño, la están llevando a observación. Tienes que… —¡No me toques! Su grito me dejó helado. —Maya… —¡Vete! ¡Largo! Mi garganta se cerró. No la había visto así nunca. Antes de que pudiera decir algo más, el doctor se acercó. —Señor Larson, ¿podemos hablar en privado? Miré a Maya una última vez. Seguía de rodillas, con la mirada perdida en la ventana. No tuve más opción que irme. El doctor me informó que su familia quería verla. —Uno de los familiares ha solicitado su alta para trasladarla a otro lugar. —¿Quién? —No lo sabemos aún, pero creemos que no es lo mejor para ella. Suspiré, frotándome el rostro. —Lo sé… —Y sobre Noah… Ross cerró la carpeta con un suspiro. —Nathe, sé que este es un momento difícil, pero como amigo de la familia y médico de cabecera tengo que ser honesto contigo. Me enderecé en la silla. —Noah sigue empeorando. Si se queda aquí, sus posibilidades son mínimas. Las palabras me golpearon como un balde de agua helada. —¿Y qué sugieres? El doctor apoyó los codos sobre el escritorio. —Mi hermano Bill dirige una clínica con mejor tecnología y especialistas en neonatología. Si la trasladamos, tendría más oportunidades. Me quedé en silencio. Sabía que tenía razón. Noah no podía seguir aquí. Pero tomar una decisión así, solo… —Lo hablaré con mi familia —murmuré. Me levanté y salí de la oficina. Apenas crucé la puerta, me encontré con Liam. —Nathe… Su expresión lo decía todo. —Noah estará bien —dijo, como si con solo decirlo pudiera hacer que fuera cierto. Asentí, pero mi mente estaba en otra parte. —Lo que me preocupa es Maya —continuó. Solté un suspiro cansado. —A mí también, pero ya dejó claro que no me quiere cerca. —Nathan… no está bien. No es ella en estos momentos. Me pasé una mano por la cara. —Lo sé, Liam. Pero dime, ¿qué más puedo hacer? Mi voz se quebró al final. Liam palmeó mi espalda. —Lo siento, amigo. No dije nada. Solo quería despertar de esta pesadilla. Había pasado un mes, Noah estaba en la nueva clínica y se veía mucho mejor, Maya… me prohibió la entrada a su habitación. Solo Liam podía informarme sobre ella. Los últimos papeles del caso estaban sobre el escritorio. Solo tenía que firmar y todo acabaría. Pero el celular vibró. Liam. Lo ignoré. Sabía que si me distraía ahora, la negociación se complicaría. Pero volvió a llamar. Y otra vez. —Debo contestar —dije en voz baja. El abogado frente a mí frunció el ceño. —Señor Larson, si se retira ahora, esto se anulará y su licencia podría ser revocada. Lo miré con fastidio. Sabía perfectamente las consecuencias. —Haga lo que quiera —solté, tomando el teléfono mientras me dirigía a mi oficina. Contesté en la tercera llamada. —Nathe… La voz de Liam sonaba extraña. —¿Qué pasa? Hubo un silencio incómodo. —Es Maya… El aire se me atascó en los pulmones. —¿Qué le pasó? —pregunté de inmediato. —Nathe… ella… —¿Qué le pasó, Liam? ¡Dímelo ya! —Maya falleció. Me detuve en seco. No. El pasillo a mi alrededor se volvió borroso. La gente caminaba, hablaba, pero sus voces eran un eco lejano. —¿Me escuchas? —dijo Liam al otro lado de la línea. No respondí. —¡Nathan! Mi propia voz salió quebrada. —¿Cómo es posible? Se supone que estaba bajo tu cuidado. ¿Qué mierda pasó? El grito salió más fuerte de lo que esperaba. Algunas personas voltearon a mirarme. No me importó. —Lo siento… —Liam sonaba destrozado—. No lo sé. Esta mañana fui a verla y… No pudo terminar la frase. Yo tampoco podía terminar de entenderla. —¿Cómo pasó? —susurré. —Ella se suicidó. Todo se detuvo. No oía nada. No sentía nada. —Nathe… ¿sigues ahí? No podía responder. Las puertas de mi oficina se abrieron de golpe. Lara y Max entraron. Pero ya no estaba en esa habitación. Solo podía pensar en ella. En su sonrisa. En su risa. En su dolor. Lara me abrazó. No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que, cuando desperté de esa pesadilla, mi esposa ya no estaba. Y no había nada que pudiera hacer. Lo siento mucho.- Luego de 2 años y medio, recién pude sacar a Noah de la clínica, está mejor aunque igual debe seguir trabajando y yendo a sus controles.-
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