POV Maya
La fotografía en mis manos no dejaba de gritarme cosas que no podía procesar: Nathan, yo, un abrazo, una sonrisa… y mi vientre redondeado.
¿Un bebé?
La ansiedad me impulsó a encender el celular. Tecleé mi nombre junto al de Nathan. En segundos, el buscador se llenó de titulares, fotos, recortes de revistas.
“Nathan Larson y Maya Reynolds: la pareja del momento.”
“Boda íntima en la Toscana: Nathan Larson se casa en privado con su misteriosa prometida.”
“Larson y su esposa, inseparables en la gala benéfica de Jacksonville.”
Las imágenes me atravesaban como cuchillas: Nathan tomándome de la mano, besándome la frente, abrazándome desde atrás mientras yo reía. Y en algunas… mi embarazo era evidente.
Cerré los ojos con fuerza, el aire escapando de mis pulmones.
¿Dónde está ese bebé? ¿Dónde está mi hijo?
La rabia me quemó la garganta. Guardé el celular y me puse de pie. No podía quedarme ahí, consumiéndome en preguntas. Había un solo hombre que podía darme las respuestas.
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El edificio de cristal se levantaba imponente: Larson & Co., la firma que Nathan había creado y que ahora dirigía aunque ya no ejerciera como abogado. Crucé el vestíbulo sin mirar a nadie.
—Buenas tardes —dijo la recepcionista con una sonrisa automática—. ¿Tiene cita?
—No la necesito.
La mujer iba a replicar cuando una voz familiar me interrumpió:
—¿Maya?
Me giré. Abby, impecable en su traje oscuro, me observaba con sorpresa.
—Abby… necesito verlo.
Ella titubeó, pero asintió.
—Sígueme.
Me condujo por un pasillo amplio, decorado con diplomas y reconocimientos. Cada placa brillaba como un recordatorio de quién era Nathan en este mundo. Finalmente, Abby abrió una puerta y me dejó pasar.
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Nathan estaba de pie, revisando documentos. Al verme, el color se le fue del rostro.
—Maya…
Cerré la puerta tras de mí.
—Necesitamos hablar.
Él dio un paso hacia mí, preocupado.
—¿Qué ocurrió? ¿Estás bien?
Saqué el celular de mi bolsillo y lo dejé caer sobre su escritorio. En la pantalla, una de las fotos que había encontrado: nosotros en nuestra boda secreta.
—¿Quieres explicarme esto?
Nathan tragó saliva, sus manos tensas.
—Maya, yo…
—¡No! —lo interrumpí, con la voz quebrada entre rabia y dolor—. ¡No me digas “Maya” como si todo estuviera bien! Me pasé semanas en la oscuridad, preguntándome quién soy, y resulta que internet tiene las respuestas que tú me negaste. ¡Nos casamos, Nathan! ¡Tú y yo! ¿Y nunca pensaste que debía saberlo?
Él se pasó una mano por el rostro, desesperado.
—Iba a decírtelo cuando estuvieras lista.
Reí sin humor, las lágrimas nublándome la vista.
—¿Lista? ¿Lista para qué, Nathan? ¿Para enterarme de que fui tu esposa perfecta en todas esas fotos? ¿Para leer en revistas sobre un matrimonio que ni siquiera recuerdo haber vivido?
Mi voz tembló.
—¿Y el bebé, Nathan? —lo miré directo a los ojos—. En las fotos… estoy embarazada. ¿Dónde está?
Su expresión cambió por completo. Los ojos grises se le llenaron de un dolor indescriptible.
—Maya…
—¡Respóndeme! —grité, dando un paso hacia él—. ¿Dónde está mi hijo? ¿Qué me ocultaste?
El silencio en esa oficina pesaba como plomo. Podía escuchar el latido en mis sienes.
Nathan cerró los ojos, respiró hondo y murmuró con voz quebrada:
—No tienes idea de cuánto deseé evitarte este momento.
El corazón me dio un vuelco.
—Dime la verdad. Toda.
Y mientras sus labios se preparaban para pronunciar esas palabras, entendí que lo que estaba a punto de escuchar podía destruirme para siempre.