Alexander no pudo evitar observar a Franchesca alejarse, su cuerpo desnudo envuelto en la sábana. Un torrente de celos y rabia lo invadió. Imaginó a otros hombres disfrutando de ella, y sus puños se apretaron con fuerza. Si tan solo hubiera visto la mancha en las sábanas, tal vez su ira se habría calmado. Pero en ese momento, los celos lo consumían de una manera que nunca antes había experimentado. No era la tristeza que lo embargó cuando Teresa lo dejó por otro; era una necesidad visceral de eliminar a cualquiera que osara tocar o hubiera tocado a Franchesca. Respiró profundamente para controlar sus emociones..
—No tardes —dijo con voz tensa—. Te espero en la piscina para desayunar.
Bajo el brazo llevaba un nuevo contrato, redactado apresuradamente por su abogado e impreso en la impresora de la villa.
Se sentó en una de las sillas junto a la piscina y contempló el abundante desayuno que acababan de servir. Sin embargo, no tenía apetito. Lo único que anhelaba en ese instante era devorar a la mujer que se duchaba, borrando de su cuerpo cualquier rastro de la noche anterior.
Gruñó de forma ininteligible ante esa idea y llenó su taza de café mientras la esperaba.
Ella no respondió al último comentario de Alexander. Su único deseo era alejarse de él para calmarse y ordenar sus pensamientos.
Aún no podía comprender lo que había sucedido la noche anterior. Esa extraña necesidad de tocarlo y ser tocada por él. Ese calor recorriendo su cuerpo. No pudo evitar pensar en lo ocurrido, y la necesidad de salir de la ducha rapidamente y reunirse con Alexander se apoderó de ella.
—Tranquila —se dijo a sí misma, golpeando levemente su rostro—. No puedes sentirte así por un simple humano.
Tomó una toalla tras terminar de ducharse, evitando tocarse demasiado para no revivir las sensaciones de la noche anterior.
Franchesca se mordió los labios al percatarse de que no tenía ropa que ponerse. Rápidamente se cubrió con un albornoz y salió al jardín, donde la esperaba Alexander.
—Menos mal que el desayuno es abundante —comentó ella, sentándose frente a él—. Supongo que tienes algo que decirme. Tal vez pienses que lo ocurrido anoche fue premeditado —lo miró a los ojos con una mezcla de nerviosismo y determinación—. Lo único que puedo decirte es que nada de lo que pasó fue planeado. Me siento avergonzada por haber incumplido con esa parte del contrato, pero te aseguro que no habrá ningún cobro extra.
Mientras hablaba, un nudo de tensión se formaba en su estómago y su garganta se secaba. La sola idea de que Alexander pudiera pensar mal de ella le provocaba un dolor en el corazón que nunca antes había experimentado. La ansiedad la consumía, sin comprender por qué.
Alexander bebió un sorbo de café en silencio mientras la escuchaba atentamente. Luego, le extendió un nuevo contrato. No desconfiaba de sus palabras, ni tenía la necesidad de creerle. Simplemente la deseaba a su lado un poco más de tiempo. Era una necesidad que no podía explicar.
—Me gustaría extender nuestro contrato una semana más —comenzó a hablar Alexander—. Como habrás visto, esta villa está reservada por toda una semana. —Se detuvo un momento y luego agregó—: He dejado en blanco la sección de remuneración. Pensé en pagarte lo mismo que acordamos por el día de la boda por cada día adicional que decidas quedarte conmigo. Es evidente que hay una cláusula que ya no podemos cumplir, así que te dejo la libertad de poner el precio que consideres necesario. Pagaré lo que sea, te compraré lo que necesites. Supongo que solo trajiste un cambio de ropa, así que ten por seguro que tendrás todo lo que desees durante el tiempo que pases aquí.
“La cantidad que ella considerara necesaria”, pensó Franchesca con ironía. Jamás se había sentido tan ofendida como en ese momento. Sin embargo, ¿cómo culparlo por tratarla de esa manera cuando la había conocido vendiendo su compañía?
Decidió responder con calma, tratando de controlar la ira que la consumía.
—Solo necesito que me compres lo necesario para estos días, en cuanto a ropa y accesorios —dijo con voz firme—. No debo decir que todo lo que uso es de marca y de las mejores.
A Alexander no le importaba si ella había hecho esto con cualquier otro cliente. Lo que sí le importaba era seguir a su lado. Era como si esa mujer le hubiera abierto los ojos a algo que no conocía. O tal vez simplemente estaba demasiado ebrio y solo había sido una impresión. No le importaba, solo quería averiguarlo.
—Dije todo lo que quieras, cualquier cosa que necesites, así que no te preocupes —respondió él, completamente loco por ella—. Hoy mismo saldremos de compras. Podrás pedir lo que quieras, no me importa el precio.
Estaba completamente abducido por la forma en que sus labios se movían al hablar, por su mirada y gestos. Imaginaba cómo le arrancaba ese albornoz y la devoraba entera.
—Sobre esa otra cláusula que hemos roto, ya que ha sido por voluntad propia y lo he disfrutado, seguirá así —respondió Franchesca, sosteniéndole la mirada—. Mientras disfrute de estar contigo de esa manera, lo estaré.
Había algo en ese hombre que la atraía y hacía que también quisiera conocerlo. Había perdido su virginidad, eso era cierto, y eso podría jugarle en contra cuando encontrara a su mate. Pero mientras no ocurriera eso, ella era libre de hacer lo que deseara. Esa era la razón por la que había huido de su hogar.
Franchesca aceptó la propuesta de Alexander, no por necesidad económica, sino por la extraña conexión que sentía con él. A pesar de su comportamiento arrogante y posesivo, había algo en él que la intrigaba.
Sin embargo, en el fondo de su corazón, una duda la atormentaba: ¿era realmente el hombre con el que quería estar? ¿O se estaba dejando llevar por la pasión del momento y la necesidad de compañía?
—Entonces tenemos un trato, Alexander —dijo Franchesca con una sonrisa, extendiendo su mano hacia él tras leer el nuevo contrato.
—Espera... ¿Y tu tiempo? No especificaste la cantidad que quieres cobrar por estar a mi lado —respondió Alexander, un poco desconcertado. Si bien era cierto que ella había mencionado que solo necesitaba ropa y accesorios, anhelaba escuchar de sus labios la tarifa por su compañía. ¿Era posible que realmente le gustara?
Franchesca lo miró con una mezcla de determinación y timidez.
—No es por mi tiempo por lo que quieres pagar —respondió con voz suave—. Lo que me preguntas es por la intimidad que pueda haber entre nosotros. No te cobraré por eso, porque es algo que desearé hacer.
En el fondo, tenía miedo de volver a intimar con él, no por temor a Alexander, sino por los sentimientos que él despertaba en ella.
Alexander intentó disimular su sorpresa, pero sus ojos se abrieron de par en par, revelando su desconcierto. Si bien estaba dispuesto a comprarle joyas, bolsos de marca o cualquier cosa que ella deseara, tenía claro que de algún modo se lo cobraría, y sinceramente no le importaba.
—Entonces, ¿ya tenemos plan para hoy? —se levantó de la mesa y le extendió la mano a Franchesca, ansioso por salir de allí.
—¿Entonces para salir deberás prestarme una de tus camisas? Estoy segura que con mi estatura me quedará como un vestido corto —dijo Franchesca, tomando una fresa y comiéndola con una sonrisa pícara.
Alexander ni siquiera había pensado en eso. Estaba demasiado feliz por su aceptación y a la vez demasiado preocupado por no dejarlo ver.
—Claro —respondió con una sonrisa nerviosa. Y ahí estaba el hombre que parecía frío para todo el mundo, el gran cerebro detrás de una de las empresas de electrónica más avanzadas del mundo, comportándose como un adolescente enamorado.
Alexander se dirigió rápidamente a la habitación para buscar una camisa adecuada. Al entrar, observó la cama donde había pasado una de las mejores noches de su vida, o tal vez la mejor. De repente, algo en el colchón llamó su atención, provocándole un fuerte estremecimiento que lo dejó congelado por unos segundos.
—No es posible —murmuró para sí mismo, mirando la mancha roja en las sábanas. Se acercó a la cama para comprobarlo por si acaso su vista o su imaginación le estaban jugando una mala pasada.
Se olvidó por completo de la camisa y caminó a paso acelerado hacia el jardín, observando a Franchesca como un depredador. Era cierto, esa mujer no había estado con ningún otro hombre; la mancha en las sábanas lo confirmaba. Sin embargo, él había sido muy rudo la noche anterior, había estado descontrolado...
Franchesca le sonrió al verlo regresar, pero su sonrisa se desvaneció cuando sus ojos azules se posaron sobre ella, sintiéndola completamente desnuda ante su mirada penetrante.
—Dime una cosa, ¿no estás con la menstruación, cierto? —preguntó Alexander, intentando contener su emoción. Necesitaba asegurarse antes de emocionarse más.
“Lo sabe”, pensó Franchesca, tratando de pensar en cómo explicarle que efectivamente ella había sido virgen hasta la noche anterior.