2.

1865 Words
Ana Leticia comenzó a entrar en crisis, la respiración se le aceleró Y tuvo que agarrarse de la baranda para que el mareo no la derribara, pero ver el mar pasar frente a ella la mareó aún más, así que se volvió de nuevo hacia el capitán que la miraba con los ojos entrecerrados. Tenía el uniforme impecable, hecho a medida, su sombrero era perfecto para su cabeza. Cuando se lo quitó el cabello le quedó despeinado y de no ser por la situación tan aterradora que estaba viviendo, Ana Leticia hubiese pensado era un hombre bastante atractivo para ser un asesino psicópata. — Tiene que bajarme de aquí — le dijo, pero el capitán suspiró. — Ya le dije que no se puede, en este crucero van casi diez mil pasajeros, no puedo regresar un barco con diez mil pasajeros hacia el muelle solamente para que usted se baje. — ¡Pues eso era lo que yo estaba intentando hacer! — le gritó ella —. Iba a saltar al agua para nadar en el muelle, idiota. — ¿Me llamas idiota a mí? — le dijo él dando un paso al frente, tenía una voz grave y una personalidad autoritaria — desde esa altura el agua se hubiese comportado como concreto, hubiera podido romperse las piernas, debería agradecerme antes, le salvé la vida. — Ahora voy a estar seis meses atrapada en esta carcacha flotante — el hombre levantó el mentón. — ¿Carcacha? Esta carcacha es el crucero más grande del mundo y el más lujoso. He trabajado toda mi vida para que esté como esté. No lo insulte en mi presencia. Ana Leticia se acercó hacia él, sus pechos casi se tocaron. — Le exijo que encuentre la manera de llevarme a tierra firme — él negó. — Eso no es posible. — ¿Entonces por qué cuando me desmayé simplemente no me bajó? — Porque pensé que era parte de la tripulación, pero me doy cuenta de que ahora no sé quién es… ¿Quiero que me diga quien es ahora mismo? No es pasajera ni tripulante — Ana cubrió con su cabello el logo de la asociación en el pecho de su blusa. pensó que igual ya era tarde, si él hombre la cargó hasta ese camarote debió ver el logo de la asociación, pero si no se lo había reclamado era por que no lo había visto. — Soy… soy una mensajera — mintió — Ahora resulta que el capitán ni siquiera conoce a todos los miembros de la tripulación. — No, no los conozco a todos, hay más de dos mil empleados en este barco, ¿cree que los contraté a todos uno por uno? ya habíamos partido y llevábamos más de dos horas de viaje cuando logré descubrir que usted no era ni tripulante ni pasajera. No hay nada que se pueda hacer. — ¿Cómo qué no? — lo empujó ella — tengo que bajar, tengo un trabajo, tengo familia… bueno, no tengo familia, pero tengo amigos, mande a traer un helicóptero para que me saque de aquí. — ¿Cree que voy a contratar un helicóptero para que la saque de aquí? — Bien, si no lo hace usted lo hago yo, mi amigo es Itsac Guerrero, el dueño de Aeromaya, me enviará un helicóptero — con el índice le golpeó el pecho — ¿oyó? — el capitán le apartó la mano de un manotazo. — Pues este barco no tiene helipuerto, así que no podrá aterrizar — Ana la Leticia abrió la boca sorprendida, Pero luego recordó que, aunque hubiese helipuerto, o aunque le tiraran una escalera para subir, su fobia a las alturas se lo impediría, por eso dejó su trabajo de azafata y se alejó de sus amigos, por ese terror… — ¿Cómo que un barco, el más grande y lujoso del mundo, que tiene casinos, restaurantes, un maldito cine, y no tiene un helipuerto? — ya no le importaba el helicóptero, solo quería distraerlo antes de que se diera cuenta de quién era — ¿Qué pasa si alguien se lastima y tiene que llevarlo a un hospital? — Pues aquí hay un hospital, tengo a 10 de los mejores cirujanos del mundo, enfermeras, doctores todo lo que mi tripulación y mis pasajeros necesitan para estar seis meses además, fue su culpa que el barco zarpara con usted arriba, muy claro estaba el horario de partida. — Pues, es su culpa porque yo estaba entregándole un paquete… mi jefe me dijo que debía ser personalmente. Lo esperé hasta el final, pero usted no apareció — el capitán se puso nuevamente su sombrero. — Bien, pues entonces enséñame el paquete — Ana Leticia miró alrededor, No sabía en qué parte del barco estaba, Es más, no tenía ni idea ni siquiera donde había despertado. — Pues, lo dejé con uno de los trabajadores, en donde está esa rueda grande que controla el barco. — Se llama timón. — Sí, sí, como digas — El capitán comenzó a caminar por los corredores, estaban extrañamente vacíos, Ana Leticia se preguntó dónde estarían los diez mil pasajeros, pero el barco era exorbitantemente grande, así que por ahí deberían estar. Caminó tras él y lo detalló. Tenía un paso firme, autoritario. Creyó que era ese tipo de hombres que simplemente chasqueaba los dedos y tenía todo a sus pies, se veía arrogante, pero también bastante atractivo. Se preguntó si podía ser verdad que fuese un asesino, un genocida en secreto. Eso la asustó más. Unos quince minutos después, Ana ya estaba cansada, le dolía la cabeza y el chichón parecía que le palpitaba como si fuera un corazón. Cuando llegaron al puente de mando o como fuese que se llamara, el capitán abrió con una llave y entró, allí había una decena de personas, todos se pusieron de pie y pusieron sus manos sobre su frente en un saludo militar. El capitán asintió y todos regresaron a sus labores, tenían uniformes blancos con corbatas oscuras. — ¿Dónde está el paquete? — preguntó el capitán. Un hombre se puso de pie y se lo tendió. Lo tomó y quitó el papel de la envoltura, era una caja de cartón sin nada escrito, la rasgó con fuerza y luego sacó un cuadro. Cuando lo observó volteó a mirar a Ana con rabia — ¿Quién me envió esto? — preguntó, su tono de voz había subido dos tonos, ella se encogió de hombros. — No lo sé, Yo solo soy la mensajera — luego estiró el cuello — ¿qué tiene de malo? — El hombre le tendió lo que tenía. El paquete era una fotografía de él con su uniforme de capitán, sonriendo, en un marco ancho y n***o — pues no entiendo qué tiene de malo, es solo una fotografía suya. — Eso no es una fotografía, es un sufragio — Ana le regresó el cuadro y se encogió de hombros. — ¿Y qué es un sufragio? — El capitán suspiró antes de contestarle. — Es una amenaza de muerte. Pasaron diez largos minutos discutiendo, Ana tuvo que decir más mentiras. El capitán la trató de inepta por no saber quién le había enviado la amenaza de muerte, así que Ana lo empujó nuevamente y todos en la cabina los observan asustados, luego salió cerrando la puerta de un portazo. Caminó por los pasillos buscando un lugar para estar sola, necesitaba concentrarse y analizar la situación para saber qué haría, no podía pasar seis meses en ese lugar con un hombre que podía matarla por saber su secreto. Llegó hasta la baranda y con fuerza le arrancó el logo de la asociación de cruceros vacacionales del caribe a su blusa y lo lanzó al mar, tenía que ser una buena mentirosa si quería sobrevivir. Alguien se paró a su lado, una mujer alta y rubia de ojos oscuros. — Lárguese — le dijo Ana con estrés, pero la mujer se quedó ahí. — ¿Quién eres? — le preguntó con rabia, pero Ana la ignoró — vi que saliste del camarote del capitán, ¿eres su nueva amante? — Ana la miró extrañada. — Ya lárguese, déjeme en paz, no sé de qué está hablando — la mujer se inclinó hacia ella, sus ojos eran oscuros, ana la detalló bien. Su silueta recortada contra el océano infinito. Llevaba un vestido de gasa n***o que se movía con el viento como humo vivo, y sus uñas barnizadas de rojo oscuro repiquetearon una melodía inquietante sobre el metal pulido. —Qué atardecer más... predecible —murmuró sin mirar a Ana, la voz tan suave como la espuma que lamía el casco—. Como esos finales de cuento donde todos saben quién morirá antes de voltear la página. Ana apretó los puños —¿Perdón? No creo que... —Ah, pero yo sí —la interrumpió la desconocida, girando por fin hacia ella. Sus ojos eran del color del mar profundo, no tan oscuros como percibió al principio — Sabía que encontraría aquí. Segunda cubierta, junto al bar de popa, vestida de azul celeste como una niña buena. Tan fácil de localizar. Un escalofrío recorrió a Ana cuando la mujer se inclinó para quitarle imaginariamente una mota de polvo del hombro, sin llegar a tocarla. —Los cruceros son lugares deliciosos —continuó, pasando un dedo por el borde de su copa de martini—. Todos creen estar perdidos en el anonimato, pero aquí cada respiración queda registrada. Los camareros memorizan tus tragos favoritos, las cámaras cuentan tus pasos... hasta ese joven encantador que te sigue con la mirada desde el restaurante anota tus horarios. —No tengo idea de quién eres —logró decir, aunque su voz sonó más frágil de lo que hubiera querido. La risa de la desconocida se mezcló con el crujir de madera del corredor. —Eres afortunada entonces. Porque yo sí te conozco, Ana Leticia Vadell. Veintisiete años, alergia a los mariscos... —Hizo una pausa dramática mientras un camarero pasaba con una bandeja—. Y ahora compartes algo más conmigo. De un movimiento fluido, tomó una ostra de la bandeja y la depositó frente a Ana. —No... —comenzó a protestar Ana, pero la mujer ya había clavado en ella una mirada gélida. —La ignorancia es un lujo que pronto dejarás atrás —susurró, empujando el plato hacia ella— Cuando Gabriel te hable de mí, y lo hará, pregúntale por nuestro último baile en el muelle de Nápoles. Verás qué rápido deja de sonreír. El timbre de cena resonó en el barco. La mujer enderezó su postura, arrojando al mar la ostra intacta antes de alejarse. —Disfruta la cena, cielito —dijo sobre su hombro—. Los menús esta noche son... especiales. Ana no supo cuánto tiempo permaneció inmóvil, mirando el lugar donde la ostra había desaparecido en las aguas oscuras. Solo cuando el primer escalofrío la sacudió, notó la pegajosa huella digital que la mujer había dejado en su hombro: un perfecto círculo de carmín, como un sello de advertencia. — ¿Dónde carajos me vine a meter?
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