El hombre misterioso se recargó en su silla con una postura que irradiaba superioridad, como si el mundo girara bajo su control absoluto. Sus ojos oscuros, profundos e intensos, no se apartaban de mí, analizándome con una mirada que parecía leer hasta los secretos más recónditos de mi alma. Mi cuerpo reaccionó de inmediato a la presión de su atención; bajé la cabeza instintivamente, incapaz de soportar el peso de su escrutinio. El aire en el lugar se volvió denso, cargado de una tensión incómoda que hacía que el silencio entre nosotros fuera casi ensordecedor. Finalmente, decidí armarme de valor y romper ese ambiente opresivo. —La joven con la que llegó esta mañana... cuando casi atropella a mi amiga y a mí, ¿es su novia? —pregunté, con una mezcla de curiosidad y un leve reproche en mi

