Cuando era niña me mordía la zona interna de las mejillas, arrancándome la carne para sentir el sabor de mi sangre. Una vez fue tan grande la herida que pude verme las muelas en el espejo con solo ponerme de perfil, cicatrizó en segundos. Nadie lo vio. Eso no lo recordé sino hasta que abrí los ojos en aquel cuarto. Una hincada en la frente me hizo volver a cerrarlos. También recordé que una tarde mientras jugaba con Louisa a la casa de las Barbies me corté el pulgar con una ventana corrediza que me presionó el dedo al intentar hacer berrinche por una muñeca plástica bonita de cabello rubio. Mi mejor amiga gritó despavorida al ver tanta sangre, yo también grité y no por la mutilación, sino por no sentir dolor. Dos minutos después tenía un dedo nuevo y la pelirroja creyó que se trataba de

