El morbo de la cercanía, la amenaza implícita de su superior abusando de su posición para arrinconarla y la presión psicológica de la misión crearon una atmósfera asfixiante. Avon sostuvo la mirada, congelando la furia gélida que amenazaba con empujarla a romperle la tráquea al hombre frente a ella. Sabía que un solo movimiento en falso arruinaría su expediente y la dejaría a merced del lodo institucional que ya intuía a su alrededor.
—Entendido, Coronel —dijo con voz helada, retirando la cabeza con sutileza para soltar el mechón de cabello de los dedos del hombre.
Connors soltó una risa baja, un sonido oscuro que denotaba la satisfacción de saberse poseedor del control absoluto sobre su destino inmediato. Se dio la vuelta, caminó hacia la mesa táctica y arrojó un pequeño dispositivo de escucha, apenas del tamaño de un grano de arroz.
—Colócatelo en el canal auditivo. Transmisión unidireccional encriptada. Solo se activará cuando yo envíe la señal de pulso. No quiero que dejes cabos sueltos en esa cafetería universitaria. El operativo empieza a las veintidós horas. Muévete.
Cuando el Coronel abandonó el vestidor, Avon soltó el aire que contenía en los pulmones. Se acercó a la mesa, tomó el microtransmisor y se lo introdujo en el oído derecho con un movimiento limpio. Sentir el metal frío dentro de su oreja fue el recordatorio definitivo de que la cuenta regresiva había terminado. Recogió la mochila de lona desgastada que completaba su atuendo, metió los libros de texto modificados con compartimentos ocultos para una navaja táctica y un juego de ganzúas, y salió del búnker por la compuerta trasera de la T.E.M.F.
La noche neoyorquina la recibió con una lluvia fina y persistente que humedecía el asfalto, reflejando las luces de neón de los suburbios como vetas de sangre diluida. Avon caminó varias calles hasta la estación del metro, obligándose a perder la rigidez militar de su marcha. Dejó que sus pies se arrastraran ligeramente, adoptando el andar cansado de una estudiante común. El trayecto subterráneo fue un limbo de caras vacías y traqueteo de metal; en su mente, el "boom" de la falsedad de su entorno comenzaba a estructurarse. Pensaba en Connors, en las sospechas de que la agencia ocultaba transacciones turbias bajo el manto de la seguridad nacional, y en la imperiosa necesidad de cumplir con esta misión para obtener la autonomía que tanto ansiaba.
Al salir de la estación universitaria, el campus de la facultad se extendía como un laberinto de ladrillo rojo y sombras alargadas. Los estudiantes transitaban en grupos, riendo, ajenos al mundo sucio y corrompido que operaba justo debajo de sus pies. Avon se dirigió a la cafetería principal, el punto de encuentro señalado por la inteligencia de la T.E.M.F. como la zona de contacto de la red de menudeo de los Latin Kings.
El olor a café quemado, humo de cigarrillo y humedad la envolvió al empujar la puerta de vidrio. El bullicio era ensordecedor. Se dirigió al mostrador, pidió un café n***o cargado y se sentó en una mesa arrinconada cerca de la ventana, con la espalda protegida por la pared de concreto. Abrió un libro de sociología y fingió leer, pero sus ojos, entrenados para el análisis de riesgo, comenzaron a escanear el lugar.
A los pocos minutos, la vibración en su oído derecho la hizo tensarse. Un sutil pulso eléctrico, la señal de Connors.
—¿Ya estás en posición, Amanda? —la voz del Coronel sonó distorsionada a través del microtransmisor, cargada de una posesión asfixiante que pretendía vigilarla incluso en el campo—. Disfruta del ambiente. No olvides que estás rodeada de escoria... y que yo soy el único que te espera al final de la noche.
Avon no respondió, de acuerdo al protocolo de silencio del dispositivo, pero un escalofrío de repulsión recorrió su espina dorsal. En ese instante, la puerta de la cafetería se abrió de golpe, interrumpiendo el flujo de sus pensamientos. Un grupo de jóvenes con chaquetas oscuras y detalles amarillos entró al lugar con una actitud desafiante, atrayendo las miradas temerosas de los estudiantes civiles. El peligro real acababa de ingresar al escenario.
Entre la humareda de la cafetería y la tensión de los recién llegados, Avon sintió una extraña presión en el ambiente, una densidad en el aire que no pertenecía a las pandillas locales. Una corriente fría pareció cruzar el cristal de la ventana. Miró de reojo hacia la calle lluviosa, donde una berlina negra de cristales blindados permanecía estacionada con el motor en marcha, estática como un depredador al acecho. Avon apretó la taza de café entre sus manos, sintiendo que el lodo de la traición institucional y el bajo mundo criminal estaban a punto de colisionar sobre su cabeza, sin sospechar que el Rey de la KROV ya había movido su primera pieza en las sombras de Nueva York.