El ritmo en la suite principal se volvió un lenguaje de roces lentos, jadeos rotos y una fricción ardiente que parecía evaporar la helada realidad de la estepa rusa al otro lado de los cristales. La sumisión voluntaria de Avon no era un acto de debilidad, sino la entrega calculada de una guerrera que había encontrado en el cuerpo de Hedeon el único territorio libre de las mentiras de su patria. Cada vez que las manos del Ministro presionaban su cintura, marcando la piel pálida con la brutalidad controlada de un dueño absoluto, ella respondía arqueando la espalda, buscando profundizar un contacto que borraba el eco sordo de las alarmas y el olor persistente a pólvora quemada.
La luz plateada del mediodía comenzó a bañar la cama con dosel, dibujando las siluetas de ambos en un relieve de sudor, seda revuelta y sábanas de lino gris. Hedeon se detuvo un instante, sosteniéndose sobre sus brazos de piedra, contemplando el rostro de Avon con una fijeza insoportable. Sus ojos oscuros, cargados de una lascivia sofisticada, captaron el sutil temblor de los labios de la joven, un desgarro en su armadura que delataba el placer puro que le recorría el torrente sanguíneo.
—Tu pulso sigue latiendo como el de una prisionera en la pista de obstáculos, *kukolka* —susurró él, su acento ruso arrastrando las palabras con una cadencia pesada que le erizó los poros—. Pero tus ojos me dicen que no extrañas el barro de Nueva York. Dime qué se siente saber que el Director de la T.E.M.F. está reunido en este momento en Varsovia, firmando alertas rojas con tu nombre, mientras tú te deshaces bajo mi peso.
Avon soltó un suspiro rasposo, subiendo las manos por el torso desnudo del mafioso, delineando con las uñas las cicatrices que decoraban sus costillas. Forzó una sonrisa felina, una expresión de fría audacia que desafiaba el control absoluto que el hombre pretendía ejercer sobre ella.
—Se siente como la libertad, Hedeon —respondió en un hilo de voz pastoso, atrapando su labio inferior entre sus dientes en un mordisco corto antes de continuar—. En la agencia, mi vida valía lo que costaba el papel de mi expediente. Aquí, contigo encima, sé que cada centímetro de mi piel cuesta una guerra internacional. Si el Director quiere drama en Varsovia, que lo firme. Yo ya firmé mi lealtad en tu cama.
Hedeon soltó una risa baja, un sonido ronco que vibró directamente contra el pecho de la teniente. La soberbia de la joven no hacía más que alimentar el deseo adictivo y sadomasoquista que lo consumía por ella; le fascinaba la combinación de su disciplina militar con la entrega clandestina de una mujer que había aceptado el lodo del bajo mundo como su nuevo hogar. Bajó el rostro de golpe, sellando sus palabras con un beso devastador, húmedo y espeso que le anuló los sentidos.
Los minutos se convirtieron en un limbo de pura emoción y romance salvaje. Las caricias se volvieron más urgentes, un diálogo sin palabras donde la posesión de Hedeon se cobraba con la fuerza de un dictador y la sumisión de Avon se entregaba con la pasión de una igual. El juego de poder que cinco meses atrás se disputaba con micrófonos ocultos y sospechas institucionales, ahora se resolvía en la intimidad de una habitación donde el peligro de muerte y la lujuria clandestina caminaban de la mano.
Cuando el fuego de la pasión física comenzó a asentarse en un cansancio placentero, Hedeon se dejó caer a su lado, manteniendo un brazo pesado alrededor de los hombros de la joven. Avon acomodó la cabeza en su pecho, escuchando el latido rítmico y potente que dictaba las leyes de la KROV. El silencio regresó a la suite, pero esta vez era un silencio denso, cargado de un misterio que ninguno de los dos podía ignorar.
—El convoy para la frontera está listo en el patio trasero —pronunció Hedeon después de un largo rato, con la mirada fija en el techo tallado del castillo—. Dimitri dejó un rastro de transacciones encriptadas antes de que le volaras la muñeca. No solo le vendió las rutas a Connors; le entregó los códigos de acceso de nuestros almacenes logísticos en el puerto de Gdansk. El Director no viene a buscarte solo a ti, Avon. Viene a confiscar el cargamento del químico modificado antes de que podamos distribuirlo en Europa occidental.
Avon se incorporó sutilmente sobre el codo, dejando que su cabello castaño y desordenado cayera sobre sus hombros. El misterio de la operación de limpieza cobraba una dimensión geopolítica mucho más peligrosa. El drama no se limitaba a un triángulo amoroso letal o al despecho de un coronel muerto; la T.E.M.F. estaba intentando decapitar la estructura financiera de la KROV usando su deserción como la coartada perfecta.
—Gdansk es territorio de la OTAN, Hedeon —analizó ella, su mente táctica reactivándose de inmediato, a pesar de la lascivia que aún entibiaba su cuerpo—. Si el Director despliega unidades allí bajo el manto de una operación antiterrorista, no podrás usar tus conexiones políticas en Moscú para frenarlos. Será una zona de exclusión militar. Una ratonera para tus hombres.
Hedeon se sentó en el borde de la cama, mostrando la dureza de su espalda pálida. Se giró despacio, y en su rostro perfectible se dibujó una expresión de frío estoicismo que helaba la sangre. Tomó el diamante n***o que Avon portaba en su mano izquierda, apretándolo con una fuerza sutil.
—Olvidas un detalle, mi bella espía —siseó el Ministro, sus ojos grises brillando con una determinación criminal absoluta—. En Gdansk no operan las leyes de Washington, ni las de Moscú. Allí operan los muelles que yo compré hace diez años. Si la T.E.M.F. quiere una zona de exclusión, les daré una zona de exterminio. Pero necesito que tú estés al frente de la vanguardia. Quiero que el Director vea el rostro de la Teniente Williams justo antes de que el "boom" de mi contraofensiva destruya su carrera en los tribunales internacionales.
La propuesta encendió una chispa de pura adrenalina en los ojos castaños de Avon. El romance letal que los unía acababa de encontrar su próximo escenario de acción. Se puso de pie, dejando caer las sábanas, mostrando su desnudez con la soberbia de una reina que se prepara para la batalla. Caminó hacia el tocador, tomó la Glock de nueve milímetros que Hedeon había dejado allí y liberó el cargador con un movimiento limpio para verificar la munición.
—Prepara los vehículos, Kozlov —sentenció ella, mirándolo a través del espejo de plata con una sonrisa felina—. El vestido azul ya se secó, y mi paciencia por cobrarme la traición de mi agencia se está agotando. Vamos a Polonia a enseñarle a Washington cómo se limpia el lodo de verdad.