Eran alrededor de las cuatro de la tarde, estaban cansados, sedientos y con mucha hambre, pero no podían parar o los militares los alcanzarían. Arlene le ayudaba a Thiago con una de las mochilas con dinero ya que no podía cargar mucho o su herida terminaría por abrirse de nuevo. —Thiago ¿sabes a dónde nos dirigimos? —La neta no —respondió él echándose al pasto húmedo. —¿Es en serio? —¿Qué quieres que haga? ¡No puedo hacer nada! ¡No hay señal! —gritó frustrado llevándose las manos a la cabeza. Cada minuto que pasaba era un minuto de desesperación y nervios. No se imaginaba un mundo sin sus hermanos a su lado y le aterraba la idea de llegar tarde y que todos estuviesen muertos—. Lo siento... Lo siento Arlene, pero estoy muy preocupado por mis hermanos. —Lo entiendo —respondió ella, aunq

