Alguien decía mi nombre. Lo oía lejano, como si fuera el viento el que traía las palabras. «Eloísa». Era una voz femenina y agradable, pero imperativa. «Eloísa, abre los ojos». La segunda frase fue dicha con un tono severo, imponente. El tono fue tan autoritario y suplicante, que me obligué a abrir los ojos. Durante unos segundos todo lo vi borroso, el cielo oscuro me daba la bienvenida y las estrellas en lo alto me ayudaron a enfocar la mirada. Apenas abrí la boca, empecé a toser bruscamente. Alguien me tomó de la espalda y me ayudó a sentarme, me mareé, pero poco a poco respiraba mejor. —Señora Solano —dijo una voz de mujer—. Perdió el conocimiento, ¿recuerda lo que pasó? —parpadeé varias veces para humedecer un poco los ojos secos—. Evite hablar, asienta o niegue con la cabeza. A

