LA VISITA DEL NARCO

762 Words
Eucario Mosquera nació en Tumaco, en la costa pacífica colombiana. Era hijo de Eloisa Caicedo, una morena risueña y echada pa' lante. Hacia sancochos de gallina y lo vendía en las noches a los borrachos. Muchas mujeres hacían lo mismo que Eloisa. Pero siempre Eloisa terminaba con su sancocho primero que las otras. Tenía la sazón en las manos y los clientes lo preferían por encima de los otros. Aquella madrugada, Eucario Mosquera se sintió en sus días de niño en su pueblo, cuando ayudaba a su mamá a alistar todo para la sopa. Mientras el agua se calentaba en un fogón de leña, el n***o le torcia el pescuezo a las aves de corto vuelo. Cuando se levantó el maestro Gabriel, el trabajo estaba bastante adelantado. Después de saludar a Eucario, dijo: -Hoy me dominó el sueño. -Tranquilo maestro, ahora es que quedan gallinas por pelar, dijo Mosquera, mientras metía una de las aves al agua caliente. Y era cierto. Todavía faltaban muchas plumas por arrancar esa mañana. Dos camionetas con veinte hombres llegaron a la finca. No llevaban fusiles a la vista. Las armas largas iban escondidas en una nevera vieja, de esas que en los pueblos se usan para llevar pescado con hielo. Era el anillo de seguridad del patrón. Después del desayuno no se permitió que los obreros salieran del kiosco. Ahí tenían que esperar hasta que el jefe terminara su visita. El patrón llegó en un automóvil Renault 9 color amarillo. Un carro común y corriente, que no llamaba la atención.Todos decían que le gustaban mucho las mujeres rubias, pero ese día ninguna mujer lo acompañaba. El hombre tendría unos cuarenta años. Tenía bigote y no era alto; un metro setenta, tal vez. Podría pasar tranquilamente por un comerciante de cerdos en cualquier plaza de mercado, para eso, lo ayudaba el estómago abultado que amenazaba con hacer saltar los botones de la camisa. Había empezado como esmeraldero, un negocio donde tocaba rodearse de hombres y armas para defenderse y prosperar. Por eso no fue muy difícil dar el salto al negocio de los narcóticos. En el fondo era lo mismo: con armas y hombres se prosperaba. Tenía una mirada nerviosa y no le gustaba que lo vieran a la cara. Antes de entrar a la casa habló con "mala jeta" y señalaba todos los contornos de la finca. Después de unos minutos de ver todo lo que habían hecho los albañiles, "mala jeta" fue a buscar al maestro Gabriel. Se tomó la molestia de ir él mismo porque quería decirle que evitará mirar al hombre de frente. El patrón estaba dandole unos golpecitos con la mano al armario cuando llegó Gabriel. -Buenos días, maestro. Viendo como les quedó el trabajo. -Buenos días, señor. Dijo el maestro bajando la mirada. -Me gusta todo. Hasta aquí vamos bien. Ahora vamos a caminar por el túnel. Me han hablado bellezas de todo lo que hicieron allí. Las paredes del pasadizo estaban secas, no mostraban humedad en ninguna parte y la plancha que aseguraba la parte de arriba estaba firme. El patrón iba tocando todo y golpeando con el puño, tal vez buscando partes huecas. Cuando llegó hasta la casa en ruinas, quitó los ganchos de la tapa y salió del túnel. Desde ahí, por las rendijas de los bloques carcomidos vio la casa grande a doscientos metros de distancia y se sintió satisfecho. -Si me persiguen y llegó hasta aquí se quedan mamando. Porque le caigo a ese monte y me les pierdo, dijo mientras volvía a poner la tapa en su sitio. -Maestro, me contaron que están muy afanados por irse, pero van a tener que esperar un poquito más. Mañana sábado les voy a mandar unas muchachas para que los atiendan y les voy a dar una plata de más, pero tienen que esperar hasta que vengan los carpinteros y pongan todos esos muebles en su sitio. -Todo quedó según las medidas de los planos, patrón. -Si claro, yo lo entiendo. Y todo lo que veo me gusta, pero no quiero que me salgan con el cuento de que esto no entro aquí, que esto quedó flojo allá. Yo quiero todo perfecto y para eso ustedes tienen que estar aquí por si toca corregir algo. Gabriel no dijo nada. La frustración que sentía en ese momento se le veía en la cara, por eso el patrón en un arranque de familiaridad le dijo, poniéndole la mano en la espalda: -Deje esa mala cara maestro, que mañana a esta hora va a estar bien contento rodeado de mujeres bonitas.
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