La cena de esa tarde fue muy emotiva. Todos, de una u otra forma tenían recuerdos amables del maestro Sástoque. Por eso se quedaron en la mesa, alrededor del termo de café, desempolvando vivencias.
-Yo conocí al maestro al día siguiente que llegué a Medellín, dijo Ramón, me acuerdo que era un día miércoles. Dejé a la mujer en el hotel más barato que encontré y salí a buscar trabajo.
Esa vez en El Poblado estaban construyendo muchas de esas casas que hay ahorita. El maestro todavía pegaba bloques. Estaba en un andamio con el palustre en la mano. Y yo le pregunté si necesitaban trabajadores.
El maestro dejó de echar mezcla en la hilada de bloques y se quedó viéndome. Recuerdo que me dijo:
-Aqui si hay trabajo, amigo. Pero toca sudar y ensuciarse las manos y a usted lo veo muy bien vestido.
Yo me había puesto la única muda de ropa buena que tenía, por eso él pensó que yo era un flojo. Pero yo le mostré mis manos acostumbradas a tirar pala y azadón, él las vio y me dijo:
-Entonces póngase a ayudar a descargar esos bultos de cemento. Y desde ese momento empezé a trabajar con él, hasta ahorita.
Lo que más recuerdo con agradecimiento, es que esa semana de trabajo me la pagó completa, aunque había empezado el miércoles. Cuando me dió la plata me dijo:
- Yo le voy a pagar completo, porque en la cara se le ve que está más jodido que yo. Después nos emparejamos. Es que el maestro era un hombre justo.
- Yo tengo casa gracias al maestro, dijo Gabriel. Yo vivía arrimado dónde el viejo Tobias, el papá de mi mujer. Ese viejo era muy borracho. En medio de esas borracheras peleaba con mi suegra y nos corría de la casa. Y yo de sinvergüenza no buscaba maneras de parar un rancho.
Una vez nos salió un trabajo grande. Nos tocó irnos para Rionegro a parar un colegio. Ahí estuvimos trabajando casi dos años. Cuando me pagó la liquidación, el maestro me dijo:
-Si quiere póngase bravo, pero yo saqué de su plata y di la cuota inicial de un lote. Hasta cuándo se aguanta que lo esté corriendo el viejo Tobias.
Al principio no me gustó el asunto. Pero cuando ví el terreno que el viejo había comprado no tuve como agradecerle. Ahí pare mi casa. Desde ese día mi mujer le tomó mucho cariño al maestro.
-Con razón uno de sus muchachos se parece a Sástoque, dijo un obrero y todos soltaron la risa.
-Mi esposa, alma bendita era una santa, dijo Gabriel calmadamente.
-Es bromeando maestro, me disculpa. Dijo el obrero del chiste.
Pedro Garay, el galán del grupo dijo:
-A mi el maestro Sástoque me servía de fiador para que me prestarán plata los gota a gota. Y nunca le quede mal.
-Y si le quedó mal ya está muerto para preguntarle, dijo Eucario Mosquera, el único afrodescendiente del grupo.
Todos se rieron con ganas y uno, que al parecer conocía bastante bien a Garay, dijo:
-Eso si es muy cierto, porque este señor le debe a cada santo una vela.
Antonio "mala jeta", esa noche no se preocupó porque los obreros se encerraran a las siete. Dejó que los hombres compartieran sus recuerdos mientras él los escuchaba.
-Los que si no sirven para nada son los hijos de Sástoque, dijo un obrero. Pobrecito el viejo, tuvo que trabajar hasta el día en que se murió para mantener a los hijos, a los nietos y a tal cual yerno.
-Pero que podía hacer el viejo. La señora Rosalba mira por los ojos de sus hijos. Para ella son unos muchachitos todavía, dijo Gabriel.
Ramón al parecer conocía bien los problemas internos de la familia de Sástoque. Por eso se arriesgó a decir:
-Ahorita se van a estar matando los hijos del maestro por la casa. Y la que va a pagar los platos rotos es la señora Rosalba.
-En eso si se le fueron las luces a Sástoque, dijo Gabriel. No enseñó a ninguno de los hijos a trabajar.
Mientras los amigos del maestro lo recordaban con cariño, en ese momento, en Medellín empezaba una disputa entre sus hijos: todos mostraban derechos suficientes para quedarse con la casa de la familia.