Un viernes en la tarde del mes de febrero de 1991, un joven arquitecto salía de su oficina rumbo a un parqueadero donde guardaba su carro, cuando fue interceptado por cuatro hombres que se movilizaban en dos motocicletas. Uno de los hombres le disparó varias veces ocasionándole la muerte en forma instantánea.
Aquel trágico suceso causó dolor y extrañeza en los familiares de la victima y en las autoridades. El joven profesional era padre y esposo ejemplar, nadie conocía que estuviera involucrado en negocios oscuros y mucho menos de amenazas o enemistades.
La década de los noventa en Colombia fue un tiempo turbulento. La guerra de los carteles de la droga contra el gobierno hizo que los hechos violentos fueran el pan de cada día. Esta dura realidad llevó a que aquel inexplicable homicidio se convirtiera en otro delito que quedó en la impunidad.
Pasaron más de veinte años, y en un ancianato, un octogenario contaba, a quien quisiera oírlo, una historia que tal vez era la explicación de la muerte de aquel arquitecto.
La historia del viejo empezaba una fría madrugada de domingo en un parque de la ciudad de Medellín. Allí estaban veinte hombres: dos maestros albañiles, cinco oficiales del mismo oficio y trece ayudantes. Los habían citado en ese sitio con la condición de que tenía que estar todos reunidos a las seis de la mañana.
A las seis en punto, una camioneta Toyota, con los vidrios oscuros se detuvo frente al grupo de hombres.
–¿ Están todos?, preguntó una voz ronca desde adentro del vehículo.
–Están todos los que son, contestó uno del grupo con algo de buen humor.
–¿ Todos saben como es la vuelta?, siguió preguntando la misma voz ronca.
–Si señor, contestaron varios.
–Perfecto. Entonces ya vienen por ustedes.
Pasaron diez minutos y cuatro camionetas, Toyota doble cabina, llegaron frente a donde estaban los veinte hombres. Era domingo y las calles estaban semi vacías. Los cuatro vehículos muy pronto se enrumbaron hacía una salida al sur de la ciudad.
Cuando dejaron atrás el último puesto de control que tienen las autoridades en ese sitio, los choferes dieron orden a los pasajeros de ponerse unas capuchas negras que estaban en una bolsa.
El viaje duró más de cuatro horas. Los sacudones que se sentían eran señal que se transitaba por carreteras sin asfaltar, pero las capuchas que ahora llevaban era una manera brusca de evitar que preguntaran hacía donde iban.
Cuando por fin el viaje terminó y recibieron la orden de bajarse, se encontraron frente a una enorme casa de dos pisos que tenía una amplia piscina a medio llenar al frente. Retirado de la casa principal había un kiosco con techo de palma donde estaba un hombre que llamó con la mano a los recién llegados.
El hombre que los llamaba tendría unos cincuenta años, era bajito y algo pasado de peso, tenía una barba poco poblada y cara de mal genio.
–Sean bienvenidos a estas amables tierras, fue el saludo que les dio. Mi nombre es Antonio, aunque algunos irrespetuosos me llaman " mala jeta". Pero quiero dejar claro de una vez, que no es bueno para la salud que me llamen de esa manera, dijo mientras se llevaba la mano a una pistola que tenía en la cintura.
–Para que todo marche bien, siguió hablando Antonio, hay ciertas cosas que voy a decir solamente una vez: primero, no quiero ver a nadie fuera de los dormitorios después de las siete de la noche. Segundo y muy importante, nadie tiene nada que hablar con las cocineras. Tercero, nadie sale de aquí antes de que se termine el trabajo que van a hacer, que tiene que estar terminado, si o si, para el veintitrés de diciembre.
–Como ya saben, su sueldo se les entrega a sus familias en la ciudad cada quince días. No se permiten bebidas alcohólicas de ninguna especie y si necesitan alguna medicina o cigarrillos me dicen a mi y yo hago que se los traigan. ¿ Me han entendido?
–Si señor, contestaron todos.
–Perfecto entonces, dijo Antonio. Los maestros y los oficiales se vienen conmigo, en la casa grande los esperan. Los demás se pueden ir acomodando en aquellas habitaciones, dos por cada cuarto.
El apodo "mala jeta" era bien ganado, el hombre no mostraba ningún gesto de amabilidad. Se dirigió hacía la casa de dos pisos seguido por los siete hombres. Cuando estuvo en la puerta, volteo y les dijo:
–Adelante, ahí los esperan. Cuando salgan de aquí lleven su gente al kiosco para que almuercen.
En la casa, frente a una larga mesa donde estaban unos planos extendidos, estaba un hombre joven, muy bien vestido de unos treinta años de edad, que usaba unos lentes marca Ray Ban.
–Adelante maestros, saludó muy amablemente. Disculpen los modales de Antonio, ya esta un poco viejo y algo "chocho", como dicen por aquí.
–Asi es doctor, dijo tímidamente el maestro Sastoque.
–Bueno, sigan por aquí para mostrarles cual es el trabajo que necesitamos urgentemente.
A continuación fue mostrando unos sitios en los planos de aquella construcción y dijo:
–Estos sitios es lo que comúnmente se llaman caletas. Como es lógico pensar, los dueños de estas casas no quieren que nadie sepa donde están ubicadas, por eso se les trajo con esas precauciones de las capuchas.
–Entonces el asunto es sencillo, las necesitamos listas para el veintitrés de diciembre, porque el veinticuatro cumple años el patrón y este es su regalo. Si tienen que trabajar de noche , aquí hay electricidad de sobra. Pero necesitamos la obra terminada para esa fecha. ¿ Alguna pregunta?
Sastoque, era el maestro de más edad, por eso se animo a hablar.
–Mire mi jefe, el trabajo es grande. Ese pasadizo que va por debajo de la piscina es un trabajo enorme, creo que nos puede faltar gente.
–Ya es tarde para eso, dijo el de los lentes Ray Ban. Si tienen que trabajar horas extras y de noche trabajen, que todo se les paga y bien pago. Pero cumplan. Ya vieron lo repelente que es el viejo "mala jeta". Ahora vayan a almorzar y cuanto antes empiecen es mejor,
Así, bruscamente terminó la reunión. En el aire quedo flotando algo con sabor a amenaza cuando les recordó el mal carácter de Antonio.
El almuerzo era un excelente sancocho de gallina, pero a todos se les había quitado el apetito. Sentían que estaban en una trampa sin salida por ninguna parte