La noche recuperó su calma habitual. La finca era un lugar habitado en medio del silencio. No habían vecinos cerca. No sé escuchaba en la noche ladrar los perros, ni en las madrugadas el cantar de los gallos.
Cuando la desorientación por el golpe que recibió le pasó un poco, Fercho se dió cuenta que estaba amarrado a una de las vigas que sostenía el kiosco. Empezó a luchar por soltarse, pero los nudos estaban muy bien hechos y no se aflojaban ni un poquito.
-Sueltenme, hijueputas. ¿ Quien me amarró?, decia el hombre luchando por soltarse.
-Yo lo mandé a amarrar y se calla la jeta, le dijo Juan.
-Patron, pero que pasa. Porque me tiene amarrado.
-Ahi va a amanecer. Y mañana se lo entrego a "mala jeta", que él decida que va a hacer con usted.
Las palabras de Juan terminaron por aclarar la mente de Fercho.
-Pero patrón, yo quería que la hembrita nos acompañará un ratico. Tampoco es para tanto.
-¿ Tampoco es para tanto?, preguntó Juan.Que tal que por su falta de respeto hubiera matado al maestro Gabriel o a los otros albañiles. En qué problema me hubiera metido a mi.
-Ese viejo hijueputa es un sapo. Me sorprendió con ese palo que traía. Pero ya tendré tiempo de cobrarle, dijo Fercho, escupiendo una saliva babosa.
-Ningun palo, le dió con el puño limpio. Ese es un viejo albañil, acostumbrado al trabajo pesado. Y olvídese de formar problemas de aquí en adelante. Mañana se va de aquí.
Fercho guardó silencio un momento. Conocía a "mala jeta" y las decisiones que tomaba.
-Mire patrón. Suelteme y le prometo que yo me porto bien. Todos cometemos errores.
-No señor. Antes que otro le cuente a " mala jeta" lo que pasó, yo le voy a informar todo. Y de ahí en adelante lo que el diga eso se va a hacer.
La decisión ya estaba tomada. Fercho sabía cómo eran estas cosas. Alguien tiene que responder por los errores. Así es como funciona.
El día llegó y todo parecía seguir con la rutina de siempre. Las cocineras fueron las primeras que vieron al hombre amarrado a la viga. Después fueron los albañiles. Y la verdad no era un bonito espectáculo.
Fercho tenía la cabeza agachada, sentía vergüenza. Y las piernas le temblaban del cansancio de pasar media noche parado sin poderse mover.
Los obreros sabían que el borracho había cometido una falta grave, pero muy pocos disfrutan ver cómo se comete una injusticia.
-Ese hombre está encalambrado, patrón. Dijo el maestro Gabriel.
-Yo iba a decir lo mismo, dijo un obrero.
-Patron, borracho no es gente, dijo otro por ahí.
-Bueno, ahí lo tengo para que se den cuenta que aquí no se permiten las faltas de respeto, dijo Juan.
-Yo creo que el hombre ya aprendió la lección, dijo Sástoque.
Juan se paró del chinchorro y se fue para la casa grande y llamó desde la puerta:
-Soldado.
-Ya voy, patrón.
-Mire, soldado, suelteme a aquel hombre y me lo encierra en un cuarto. Bien encerrado, hasta que venga el viejo Antonio.
-Si, patrón.
Cuando el soldado soltó a Fercho las piernas se le doblaron. Un obrero ayudó a llevarlo dentro de la casa grande. Aunque no dijo nada, agradeció en su mente a los albañiles por haber hecho que lo soltaran.
La otra persona que sentía agradecimiento esa mañana era Rocío. El maestro Gabriel la había defendido esa noche, era la primera vez que alguien lo hacía. Por eso, aunque no podían estar hablando mucho, en un momento que lo tuvo cerca, le dijo en voz baja:
-El domingo me da la ropa que tenga sucia. Yo sé la lavo.
El maestro movió la cabeza afirmativamente.
Rocío Bautista había nacido en un pueblito olvidado del departamento del Tolima. No tenía si no el apellido de su madre, Luz Bautista, porque sus padres no eran casados y el cura se negó a ponerle el apellido Rodríguez de su papá.
Era la mayor de dos hermanos. Cuando la violencia partidista les quitó al padre se fueron para Medellín, casi con lo que tenían puesto, a vivir arrimados en casa de una tía.
Rocío aprendió muy joven a cocinar, a lavar ropa y a planchar. Por aquellos lejanos días se planchaba la ropa con planchas de carbón.
Pagaba arriendo con lo que ganaba trabajando en un restaurante. Tenía un hijo de ocho años que tuvo que dejar al cuidado de su tía cuando decidió irse a trabajar a la finca de los narcos. Le iban a pagar el doble de lo que estaba ganando. Y si ahorraba esa plática, de pronto podía comprarse un rancho, así fuera en un cerro. Ese era su sueño y parecía que estaba a punto de lograrlo.