Antonio en muy pocas palabras le contó a los maestros lo que era aquella finca: un sitio donde esconderse.
Los llamados patrones habían obligado a los campesinos a vender por precios irrisorios sus tierras. Y los que se negaron a vender, entonces sencillamente les dieron unas pocas horas para que se fueran si querían seguir con vida.
En la casa donde terminaba el túnel habían vivido los anteriores propietarios de ese pedazo de tierra. Con el paso del tiempo, el monte invadió los pequeños sembrados y el techo del rancho se derrumbó por partes cuando se pudrieron las vigas que lo sostenían.
Ese estado ruinoso de la vieja casa tocaba mantenerlo. Y eso era una orden. Por eso Sástoque se dedicó a buscar palos que se habían usado cuando se construyó la casa grande para apuntalar el piso. No sé podía tumbar de un solo golpe porque el fuerte impacto de la caída podía terminar derrumbando las paredes.
El viejo maestro sabía lo que hacía y se tomaba su tiempo. Sin embargo, cuando el trabajo parecía ir sobre ruedas, uno de los palos se quebró por la mitad haciendo que otros se salieran del puesto o se quebraran también.
Una parte del piso se desprendió golpeando brutalmente a Sástoque en la cabeza y en la espalda.
El ruido que produjo los pedazos de concreto al caer alertó a los obreros de lo que había pasado. El maestro Sástoque no tuvo tiempo de pedir ayuda.
El túnel era estrecho y no permitía el paso de muchos hombres al mismo tiempo. Hubo que usar unos palos a modo de palanca para sacar de abajo del concreto a Sástoque: estaba inconsciente y tenía partida la frente y la cabeza.
Cuando los obreros salieron con el maestro del túnel se encontraron con "mala jeta".
-Pongan al viejo aquí, dijo mostrando una mesa a la que le habían puesto una toalla grande por encima.
Gabriel le tocó el cuello y dijo:
-Este hombre no está bueno. Hay que sacarlo urgente para una clínica, porque se nos muere.
Antonio vio rápidamente la preocupación de los obreros y sabia que tenía que resolver urgentemente. Llamar a los patrones y esperar por una ambulancia era el camino correcto, pero Sástoque estaba grave. Y si esperando que vinieran a buscarlo se moría, estaba seguro que los albañiles se revelarían.
Tomar la decisión correcta a veces es cuestión de suerte: Antonio decidió resolver la situación él mismo e informar después.
-Ramon, venga un momento, dijo "mala jeta".
Los dos hombres se fueron al kiosco, dónde en ese momento no había nadie.
-¿Usted sabe dónde vive la familia del maestro?
-Si, patrón. Yo trabajo con Sástoque casi desde que llegué a Medellín.
-Perfecto, Ramón. Mireme bien la cara y póngame cuidado a lo que le voy a decir. Yo lo voy a mandar a Medellín a llevar al hombre, porque lo veo muy grave, y no puedo permitir que se me muera sin llevarlo al hospital. Pero usted va, se lo entrega a la familia y se devuelve inmediatamente. Nada de ponerse a hablar con nadie. Me estoy jugando hasta la vida mía con lo que estoy haciendo. ¿ Me entendió?
-Si, patrón. Pero yo no tengo un peso encima y yo creo que la familia de Sástoque tampoco. Y una gravedad de esta lo que se necesita es plata.
-Por eso no se preocupe, que yo ahorita hablo con mi jefe inmediato y allá le dan un dinero. Le repito que no me falle en lo que le dije. La vida suya, la mía y la de los otros obreros depende de usted.
-Mire, patrón, yo soy un viejo serio, dijo Ramón.
-Ok. Entonces vamos a montar el hombre en una camioneta, y usted va le recoge la ropa y la trae.
Antonio llamó a uno de sus hombres y le dijo:
-Fabián, se me va como un tiro para Medellín con ese señor. Claro, ahora no es que por ir corriendo se ponga la camioneta de sombrero y se cague en todo. Apenas llegué al hospital la familia del maestro se devuelve inmediatamente y se trae a Ramón. No me lo deja por allá bajo ninguna circunstancia.
-Tranquilo, patrón. Ya usted me conoce.
Cuando la camioneta salió de la casa los obreros quedaron agradecidos con la forma como Antonio enfrentó la situación. Se mostró preocupado sinceramente. En cambio para "mala jeta" el asunto era diferente: la orden que tenía era no dejar salir a nadie bajo ninguna circunstancia y él había incumplido esa orden.