Gabriella siguió a Alina hacia la terraza, con la cabeza llena de pensamientos. Antes de salir, le dio una última mirada a Dante. Él había tomado asiento junto con su padre, ahora tenía la camisa bien acomodada, los hombros anchos y la mirada fija en ella. Esa mezcla de altivez y calma que no podía descifrar la hizo suspirar por un instante. Y una vez que se detuvieron en la terraza, el aire fresco les golpeó el rostro. La noche estaba tranquila, y la luz de la luna iluminaba la piel de Gabriella, haciéndola sentir más expuesta. —Tenle paciencia —dijo Alina con calma, notando que Gabriella dirigía una vez más su mirada hacia Dante—. No siempre es así de irritante. Gabriella frunció el ceño y se cruzó de brazos. —¿Cómo puede estar casada con ese mafioso? —dijo, refiriéndose a Damien—. ¿A

