Aquel brazo grande con las venas marcadas apretó la cintura de Gabriella como si temiera que en la noche ella desapareciera otra vez. Dante hundió la nariz en su cabello, respiró su aroma y cerró los ojos. Sus cuerpos estaban tan cerca que el aire entre ellos casi no existía. Las nalgas de ella se amoldaban a su cuerpo, el calor de su piel le quemaba el pecho y el corazón le golpeaba con fuerza, sin poder evitarlo. —Relájate —le ordenó con voz baja. Ella no respondió. Tenía el labio inferior atrapado entre los dientes y el ceño ligeramente fruncido. Dante sintió cómo estaba tensa, rígida, resistiendo algo que no quería sentir. Ella no estaba ahí por voluntad propia, sentía rabia porque ese hombre la había arrancado de su vida anterior —de lo único que ella había conocido como su vida—

