El trayecto de regreso a la mansión fue silencioso. El motor del coche era lo único que llenaba el aire entre ellos, mientras las luces de la ciudad pasaban reflejándose en el cristal. Dante mantenía las manos firmes sobre el volante. Sus venas se le marcaban por la presión. Tenía la mirada fija al frente, el ceño fruncido y la mandíbula tensa. No había palabras que pudieran arreglar lo que había ocurrido en aquel apartamento. Ahora Gabriella lo sabía todo. Había visto las fotografías, la pintura, los recuerdos de una vida que él mismo había perdido y que ella intentaba reconstruir como una desconocida. Y aun así, nada cambiaba. Porque al final, ella seguía sin recordar. Eso lo carcomía por dentro. Era una sensación fría, como si todo lo que alguna vez tuvo sentido se desmoronara sin

