Gabriella tomó la esponja y empezó a limpiar su pecho, sus brazos, sus clavículas. A veces, sus dedos rozaban su piel sin intención, pero Dante lo sentía igual. Su erección estaba ahí, dura bajo el agua, presionando contra ella. Era imposible no notarlo. Era imposible no reaccionar. Dante llevó las manos a sus caderas primero, luego subió a sus pechos, apretándolos con una calma que quemaba más que cualquier prisa. La besó. Sus labios fueron a sus pezones y los apretó con los dientes sobre la tela. Gabriella sintió la fuerza contenida, la respiración profunda. Sus dedos se aferraron a sus hombros. Dante la movió ligeramente sobre él, haciéndola sentir su dureza, frotándose contra su centro a través de la tela mojada. Un roce lento, insistente, que los encendía a ambos. Se maldijo por

