Gabriella avanzó con el vestido rojo en brazos y cerró la puerta de su habitación. No tenía intención de verse discreta aquella noche. Sabía perfectamente lo que quería: que todos los presentes —sobre todo cualquier hombre que se creyera con la libertad de llevarle “regalitos” a su esposo —entendiera que Dante Brown tenía esposa. Que era una mujer completa, visible, imposible de ignorar. Y que no había lugar para ninguna otra a su lado. Colgó el vestido, se metió a la ducha y dejó que el agua caliente bajara por su espalda. No pensó demasiado. Solo repasó mentalmente la escena de la cena. Dante sentado a su lado. Los italianos mirándola. Ella proyectando exactamente lo que debía proyectar la esposa del heredero de la mafia neoyorquina: presencia, seguridad, autoridad. Al salir, se secó r

