—Dante… —susurró ella, sin aliento. Él bajó la mirada un instante. Y volvió a perder la cabeza. Su mano descendió por su muslo desnudo, la acarició con una reverencia que la dejó sin aire. Subió y bajó despacio, deseando marcarla con sus caricias. Cuando llegó a la tela de sus bragas soltó sus labios y se permitió mirarla a los ojos. Sus dedos presionaron suavemente sobre la tela, y ella abrió los labios en un jadeo silencioso. Los ojos de Gabriella se dilataron; una bruma de deseo los volvió más oscuros. Dante la observó así, perdida, respirando agitada bajo su toque… y sonrió arrogante y descarado. La acarició otra vez, pero esta vez más firme. Ella tembló. Sus uñas se aferraron a sus hombros, enterrándose sobre la tela de la camisa. Dante inclinó la cabeza y volvió a besarla. Es

