Era sabido que en los bajos mundos se necesitaba un segundo al mando. Alguien dispuesto a dar la cara y, si fuese necesario, la vida, por el heredero de la mafia, en este caso, el heredero de la mafia neoyorquina. Por esa razón, Jarek Horvath se quedó en Berlín, asegurándose de que nadie en aquella iglesia quedara con vida.
El romaní no era un hombre que pasara desapercibido. Su altura imponente se combinaba con una espalda ancha y músculos marcados que se tensaban con cada movimiento. Su piel bronceada resaltaba bajo la luz tenue del lugar, mientras su coleta alta se balanceaba al ritmo de sus pasos, los costados de su cabeza rapados acentuaban su aire amenazante. Tenía veinte seis años como Dante, y además de ser su hombre de confianza. Era su mejor amigo.
Cuando Dante salió con Gabriella, Jarek ya estaba adentro de aquella iglesia, analizando cada rincón. Los hombres presentes no eran simples guardias; olían a muerte. Sacó un mechero, lo encendió con un chasquido y la llama iluminó su rostro. Avanzó entre los bancos con paso firme. Los primeros hombres cayeron antes de entender qué pasaba, atrapados entre el prominente fuego que comenzó a devorar todo.
Uno intentó disparar, pero Jarek giró con fluidez, esquivando la bala, su coleta y su chaqueta acompañando el movimiento. El fuego comenzaba a trepar por los bancos, el humo llenaba el aire, y él se movía como una sombra letal. Al tiempo que los miembr0s de la mafia Brown que le acompañaban cubrían su espalda.
Cada golpe era certero, cada disparo mortal.
Pero pronto notó algo extraño. Los hombres con los que estaban combatiendo, no eran la seguridad de un empresario cualquiera. Ellos estaban entrenados, se movían como asesinos. En dos de ellos vio un tatuaje en la muñeca: una serpiente enroscada. Jarek entendió de inmediato que no era simple seguridad privada. Estaban luchando contra otra mafia.
Siguió avanzando, las balas resonaban, los gritos hacían eco entre las paredes, mientras él trataba de llegar al hombre con el que Gabriella iba a casarse. El suelo de mármol se manchó de sangre, mientras ordenaba a su gente terminar con todos, los gritos se mezclaban con el crujido del fuego. Entonces sus ojos marrones se encontraron con los grisáceos de aquel que estaba vestido de novio. En su cuello brillaba la serpiente tatuada.
Jarek lo reconoció al instante. Sin duda pertenecía a los Jäger. La mafia alemana. Una de las más temidas en Europa.
El alemán levantó su arma sin vacilar. Jarek no dudó. Sabía que enfrentaba a alguien tan letal como él. Se movió primero, esquivó un disparo gracias al respaldo de los suyos y respondió con la rudeza que también lo caracterizaba. Dos hombres de Jäger cayeron a sus pies. Mientras otros de la mafia Brown también lo hacían.
El fuego seguía extendiéndose. El humo hacía difícil ver, pero Jarek no perdía el control. Se abrió paso entre los bancos, con los alemanes tratando de rodearlo. Eran buenos, disciplinados, pero él era mejor.
El alemán del cuello tatuado no se quedaba atrás. Disparaba con precisión y se movía con destreza, demostrando que no era solo un jefe de escritorio.
Jarek entendió que ese enfrentamiento no sería rápido ni fácil. Ambos calculaban, midiendo cada paso. Cuando el romaní vio que más de ellos estaban llegando, fue el momento de retirada.
Entre las llamas, Jarek detectó la salida lateral. Misma que usó como ventaja. Esquivó un disparo, lanzó un último golpe certero y se movió hacia la salida. Un par de hombres intentaron seguirlo, pero no pudieron alcanzarlo. Era demasiado rápido, demasiado letal. Pero sin importar cuanto lo fuera. Ellos eran más y no podía quedarse.
Antes de desaparecer en las calles, Jarek miró una vez más la iglesia ardiendo. Había dejado claro su mensaje. Y también había entendido que la guerra con la mafia alemana acababa de empezar.
La noche lo recibió en silencio. Se deslizó entre los callejones de Berlín, mientras el fuego iluminaba sus pasos por última vez. Dante y Gabriella estaban a salvo. Pero la mafia alemana no olvidaría lo que había pasado, ahora tenía que hablar con Dante y decirle que habían desatado una guerra.
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Nueva York
Dante salió de la habitación de Gabriella y el aire del pasillo le supo a veneno. Sentía el cuerpo encendido, mientras la rabia le desbordaba por dentro. Cerró la puerta de un golpe y apoyó la espalda en la pared un momento, metiendo la mano al bolsillo hasta sacar su teléfono. La pantalla brillaba en la oscuridad, pero no tenía ningún mensaje nuevo. Aun no había señales de Jarek ni de los hombres que se habían quedado en Alemania.
Lo apretó en su mano con los nudillos tensos. Confiaba en él, sabía que volvería, pero la incertidumbre lo carcomía igual. Necesitaba saber que ese maldito hombre con quien ella pensaba casarse estaba muerto. Y en medio de ese caos interno, el rostro de Gabriella seguía clavado en su cabeza.
Eran tres años. Tres jodidos años en los que la había buscado sin descanso, y ahora que por fin la había encontrado, ella no tenía memoria, y no había ni un pequeño rastro del amor que los unía.
«Necesito saberlo todo» pensó.
Tenía que descubrir cada paso que había dado en ese tiempo, dónde vivió, con quién estuvo, qué hizo. Y sobre todo, lo que más lo atormentaba: como carajos había conocido al mal nacido con quien pensaba casarse, necesitaba saber si había follado con él.
Eso era algo que no podía sacar de su mente. Y lo estaba volviendo loco.
Dante fue a su propia habitación —esa que se suponía compartiría con ella una vez que estuvieran casados— sirvió whisky y lo bebió de un trago, sintiendo el ardor quemarle la garganta. Pero el licor no bastó. Necesitaba respuestas, necesitaba verla otra vez y que de una buena vez le dijera que era lo que había pasado con ese imbécil.
Dejó el vaso sobre la mesita de noche y salió nuevamente para ir a verla.
Gabriella no había encontrado paz. Se la había pasado caminando de un lado a otro desde que él abandonó la habitación que era vigilada por dos de sus hombres.
Pensó en todas las posibles formas de salir de ahí, y en cada una esos hombres la capturaban. Soltó un suspiro cansada, al menos quería tomar una ducha.
Puso el seguro a la puerta, deslizándose fuera de la ropa. La tela resbaló por sus piernas y se quedó un instante frente al espejo, observando su propio reflejo cansado, perdido. Se metió al baño y abrió la llave. El chorro golpeó su piel, primero frío, después tibio, y dejó que cayera sobre su cabeza hasta que el vapor llenó el espacio anunciando el agua caliente. Cerró los ojos. El agua la cubrió por completo, arrastrando con ella la tensión de los dos días que habían pasado. Se sentía sucia, atrapada, y por un instante pensó que llevaba semanas prisionera, no solo un par de días.
Se recargó en la pared de azulejos, dejando que el agua resbalara por sus hombros y sus pechos, recorriéndola hasta las piernas. Respiró hondo, intentando calmarse. No sabía qué haría al salir, ni cómo enfrentaría otra vez al hombre que había llenado su mente de miedo y desprecio.
Los hombres que custodiaban el pasillo elevaron sus cabezas al ver a Dante regresando a la habitación de su ahora esposa. Tal vez tener seguridad dentro de su propia casa sonaba absurdo, aunque no era tan descabellado. Él conocía mejor que nadie de lo que Gabriella era capaz; en el pasado había recibido entrenamiento, sabía disparar, sabía defensa personal. Era una Moretti. Aunque fue educada para convertirse en la esposa del futuro líder de la mafia, sabía cómo defenderse y si bien, de momento ella no sabía todo eso, el mafioso no podía confiarse y dejar que tratara de escapar.
Los hombres se apartaron y Dante fue hasta la puerta, pero esta no abrió. Sonrió con ironía. Ella había puesto el seguro desde adentro, pero eso no lo detuvo. Con un suspiro de fastidio metió la mano al bolsillo, y sacó la llave y la hizo girar con calma.
Lo primero que vio fueron las prendas que ella debería de traer puestas acomodadas sobre una silla. Escuchó el agua caer y supo que se estaba duchando.
Observó la playera blanca, el pantalón de mezclilla… y esas bragas blancas de encaje, delicadas, demasiado provocadoras que había usado para su boda.
Las tomó en su mano. El encaje se hundió entre sus dedos mientras las levantaba a la altura del rostro. Las olió, cerrando los ojos un segundo. El aroma inconfundible de ella lo golpeó directo al sexo, mostrando ese recuerdo vivo de lo que era tenerla abierta bajo él, jadeando.
La erección se marcó en su pantalón, dura, descarada. Luego apretó la mandíbula. Porque esas bragas no se las había puesto para él, sino para otro. Otro que jamás debió verla, ni tocarla. El pensamiento le crispó los músculos, y sus dedos se cerraron con fuerza en torno a la tela.
Se dejó caer en la orilla de la cama, sosteniendo la prenda en el puño, mientras el sonido del agua corría en la ducha al tiempo que llenaba la habitación, golpeando cada rincón con un ritmo constante. Dante se acomodó, abrió un poco las piernas, con el sabor del whisky todavía quemándole la garganta, mientras Gabriella estaba desnuda, con el agua deslizándose por su piel, y su cabello mojado pegado a la espalda.
Dante apretaba más la prenda en su puño, respirando hondo. El agua seguía cayendo. Él la imaginaba abriendo las piernas, dejando que el líquido recorriera su sexo, esa parte que lo tenía enfermo de deseo. El recuerdo de su humedad contra sus dedos, de su sabor en su lengua, era tan vivo que sentía la v***a a punto de romperle la tela del pantalón.
La quería frente a él, desnuda, temblando, mirándolo con esos ojos confundidos. La quería de vuelta, toda. Y mientras el vapor escapaba por las rendijas de la puerta del baño, Dante no apartó la vista ni un segundo.
Sabía que en cualquier momento ella iba a salir, y estaría lista para encontrarse con él sentado en la cama, con sus bragas en la mano, y el pene duro, esperándola.
Gabriella salió de la ducha envuelta en una toalla blanca que apenas le cubría los muslos. El cabello rubio y largo le caía mojado sobre los hombros, las gotas resbalaban por su piel clara. Sus ojos marrones brillaron cuando lo vio ahí, sentado en la orilla de la cama, con sus bragas en la mano.
Dante no apartó la mirada. Verde, intenso, descarado. Ella sintió que su piel ardía bajo esos ojos esmeraldas. Apretó la toalla contra su cuerpo y frunció el ceño.
—¿Ni siquiera puedo tener un poco de privacidad? —preguntó, temblorosa, indignada, pero firme.
Dante se levantó. Su altura la envolvió al instante. No ocultaba nada, ni su enojo, ni la tela blanca en su puño.
—Todo lo que hay en esta casa es mío. Incluyéndote a ti —soltó altivo. Con la voz ronca.
Una corriente helada le recorrió la espalda. Estaba desnuda bajo la toalla, y él tan cerca, tan seguro, tan imponente.
—¿Qué quieres de mí? —le lanzó con rabia—. ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Qué hiciste con Philipp?
De pronto aquel hombre al que Dante ya detestaba tanto tenía un nombre.
“Philipp”.
El nombre le supo amargo. Lo saboreó con desprecio.
—¿Tanto te importa ese imbécil? —preguntó con la voz grave.
Gabriella sostuvo su mirada, aunque el corazón le latía a golpes. Pero no contestó su pregunta.
—Respóndeme. ¿Lo mataste? ¿Está bien? —insistió. Haciendo hervir la sangre del mafioso.
Dante dio un paso más y tomó un mechón de su cabello mojado y lo dejó deslizarse entre sus dedos.
—Yo no lo maté —respondió calmado—. Pero espero que mi gente lo haya hecho —confesó ladeando una sonrisa.
El aire se cortó en la garganta de Gabriella. La frialdad en su voz la sacudió. Ella no comprendía que era lo suficientemente malo que Philipp había hecho, para que quisiera matarlo.
—¿Qué te hizo? —susurró, confundida, desesperada—. ¿Por qué lo odias tanto? —agregó, elevando la barbilla. La mandíbula de Dante se tensó.
—Me robó algo que solo era mío —La voz de Dante salió ronca, sincera, pero no explicó más. Aunque sus ojos reflejaban esa impotencia al recordarlo.
—¿Qué cosa? —insistió ella. Sin bajar la mirada.
Dante endureció el gesto. Acercándose más, hasta que ella pudo sentir su aliento en su cabello. Dante la miró desde arriba. Observó las gotas que escurrían por su cuello hasta perderse entre sus tetas. Grandes y pesadas.
—Basta de preguntas. Ahora vas a ser tú la que responda —siseó sintiendo la humedad de su cabello entre sus dedos. Luego soltó el mechón rubio. Gabriella lo acomodó detrás de su oreja.
—¿Y si no quiero? —lo retó, aferrando en su mano la toalla y apretándola con fuerza.
Él se inclinó, peligroso, sus ojos ardiendo sobre los de ella.
—Si ese tal Philipp te importa, más te vale ser sincera. Porque si me mientes, voy a buscar a toda su familia y los mataré delante de ti.
El aire se le fue de golpe. Gabriella apretó los labios. Pensó en la hermana de Philipp. Estaba indignada, impotente, porque aquello no sonaba como una simple amenaza. Su tono era demasiado real para ignorarlo. Entonces él preguntó.
—¿Tuvieron sexo? Dime la verdad. ¿Follaste con él?
Ella frunció el ceño, su rostro se tornó un poco rojo, ardiendo de rabia.
«¿Cómo se atreve?» gritó en su mente. ¿Qué carajos tenía que ver eso? Se preguntó.
—¿Y eso a ti qué te importa? —respondió claramente ofendida.
Dante no parpadeó.
—Soy el heredero de la mafia neoyorquina. No puedo tener una esposa impura. Necesito una esposa virgen —mintió. Él sabía que ella no era virgen. Él la había desflorado el día de su compromiso. Así como él mismo había perdido su virginidad con ella. De eso habían pasado ya cinco años, cuando él tenía veintiuno y ella dieciocho. Dos años antes de que ella se accidentara y desapareciera y luego todo se fuera al carajo.
Gabriella sintió un vuelco en el estómago.
«Heredero de la mafia» Pensó.
Aunque eso no era sorpresa. Lo supuso cuando la sacó de esa iglesia, pero escucharlo la hizo estremecerse. Seguía sin comprender porque se había casado con ella. Y ahora resultaba que quería una virgen.
¿La dejaría ir si no lo era?
—¿Y si no lo soy? ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme? ¿Qué clase de machismo estúpido es ese? No estamos en la Edad Media. —Su voz se quebró de rabia—. Y además, no quiero estar casada contigo —soltó apretando los dientes.
Los labios de Dante se torcieron en una sonrisa divertida. Tenía que reconocer que su altanería era excitante.
—Mala suerte, Gabriella. Ya eres mi esposa y también serás mi mujer. Así que si no quieres que haga de tu vida un puto infierno, mejor dime la verdad.
Gabriella lo miró una vez más con sus mejillas ardiendo, su cuerpo temblando bajo la toalla. La furia le hacía hervir la sangre.
«¿Quién carajos se creía?» Ella elevó su barbilla, desafiante. Estuvo dispuesta a mentir. A decir que había follado con Philipp incontables veces. Que en efecto, no era virgen. No obstante, por mas enojada que estuviera por lo que estaba sucediendo. No podía echar en saco roto sus palabras. Porque si no lograba escapar de sus manos, no podía descartar que su vida se convirtiera en un infierno si le mentía.
—No lo sé. —respondió al fin.
—¿No sabes qué? —preguntó él, impaciente. Gabriella apretó sus labios.
—. No sé si soy virgen. Solo tengo recuerdos de los últimos tres años. No sé si alguna vez he cogido con alguien. ¿Contento?
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NOTA DE LA AUTORA:
Esta historia comienza con sus actualizaciones frecuentes el 10 de octubre.