Los dedos de Gabriella se deslizaron por la tela suave de una de las camisas de Dante mientras husmeaba en su enorme armario, un espacio amplio, elegante, que mezclaba sus prendas con las de él de una forma que resultaba casi intimidante. Cada prenda masculina, desde los trajes impecablemente planchados hasta las camisas de algodón oscuro, despedía el potente aroma de su marido, esa mezcla profunda, masculina y amaderada que parecía impregnarse en todo lo que tocaba. El olor la envolvió de golpe, una corriente eléctrica recorrió desde la nuca hasta las piernas, erizándole la piel sin aviso. No podía entender completamente qué era lo que sentía cuando pensaba en Dante; quizá no era amor —no aún, al menos—, pero la atracción física era tan evidente que casi la dejaba sin aire. Era un deseo q

