Ellos no eran los únicos que estaban ocupados. Massimo había bajado al restaurante del hotel, no era un hombre de vicios. Por el contrario, cuidaba su cuerpo, su aspecto y su salud con una disciplina que no muchos chicos de su edad tenían. Aun así, después de la comida y de todo lo que había ocurrido, necesitaba un trago. Uno fuerte. Algo que le limpiara la cabeza por unos minutos. Pensó en invitar a Gabriella y a Dante a acompañarlo, pero muy probablemente su hermana estaba haciendo cosas de las que no quería enterarse, así que decidió ir solo. A pesar de su juventud, su estatura y complexión lo hacían ver mayor, lo suficiente para que las mujeres a su alrededor se acercaran como abejas que detectaban miel fresca. Ni siquiera tenía que mover un dedo, ellas venían a él. Una joven se acerc

