El siguiente azote en su trasero resonó más fuerte que el primero cuando Dante cerró de golpe la puerta de la habitación. El impacto la hizo soltar un gemido entre dolor y placer, ese sonido sensual que siempre conseguía provocarle algo oscuro por dentro, algo que no debía disfrutar tanto… pero disfrutaba igual. A él, por otro lado, le recorrió una oleada de excitación inmediata; la forma en que ella se quejaba, esa furia, deseo y descaro, era dinamita pura en su interior. Sin embargo, la molestia seguía ahí, clavada como un hierro caliente: no solo por verla tambalearse alcoholizada por la sala, sino por la sarta de groserías y acusaciones sin sentido que le había gritado camino a la habitación. A cualquier otra persona le habría arrancado la lengua sin dudar, pero con ella… nunca podría.

