Un día más en mi desastrosa vida

1251 Words
«¡No puede ser!, son las siete de la mañana, ¡llegaré tarde al trabajo!». Un golpe sonó después de que viera la hora y me diera cuenta de que el despertador jamás sonó. Tras el susto, y enredarme entre las sábanas, acabé en el suelo a la vez que tiré todo lo que encontré a mi paso. —¡Ay, mi espalda! Me froté hasta que el dolor cesó y se trasladó a otra parte más mullida de mi cuerpo…, las nalgas. Habría pasado unos minutos dándoles cariño si no fuera por la interrupción de Bruno. —¿Diana, estás bien? —Se encontraba detrás de la puerta y por el tono de voz parecía preocupado. —Sí, tranquilo, solo me caí. «Y me rompí todos los huesos del cuerpo», pero eso no lo dije, ya sabía que era torpe, no ganaba nada con demostrarlo. Desde la universidad compartía apartamento con él y Virginia. Eran mis dos mejores amigos, a decir verdad, los únicos. Bruno, a sus veintinueve años, seguía conservando ese brillo juvenil que me cautivó desde que cruzamos una mirada. Fue el primer hombre por el que mi corazón, nada más verlo, se enloquecía como si corriera un maratón. Algo que agradecía mi circulación sanguínea, ya que no era muy dada al ejercicio. ¿Cómo no enamorarme del perfecto Ken? Con su cabello rubio dorado y sus intensos ojos azules. Incluso podría reconocer que era guapo. ¿A quién engaño? Siempre fue el espécimen masculino más hermoso en todo el universo. Y no solo por su físico, él fue la única persona del género masculino que no me infravaloró. Virginia era todo lo que yo no era, un tremendo bellezón. Su cabello largo y n***o junto a sus ojos oscuros, iban a juego con unas facciones perfectas. Tenía un rostro simétrico al igual que el resto de su persona. Las visitas en nuestro apartamento, de origen masculino, siempre eran por su parte. En estos años nunca supe cuántos hombres pasaron por su habitación, cada uno de ellos, según su criterio, fueron el amor de su vida. Era capaz de enamorarse en una sola noche y perder el amor al día siguiente. A veces quisiera ser como Vicky, tal vez no en lo de enamorarme de una persona diferente cada noche, sino en lo de amar y ser correspondida. La realidad es que ellos son mi familia. No mantengo mucho contacto con la mía ya que, a cada visita que hago, mi madre se empeña en darme de comer lechuga como si fuera conejo. Siempre se avergonzó de mí; así que, para ahorrarle el bochorno, no los visito muy seguido. Quiero mucho a Virginia, pero con el que mejor me llevo es con Bruno. Mentiría si no mencionara que, cuando lo conocí, me enamoré de él; aunque nunca se lo dije para no estropear nuestra bonita amistad. Por suerte, esos sentimientos se evaporaron cuando conocí a Adán. En nuestra época universitaria Bruno y yo nos hicimos una estúpida promesa: si al cumplir treinta aún no habíamos encontrado a una persona que nos quisiera, él y yo nos casaríamos. Habría que señalar que estábamos ebrios. Bueno, él lo estaba y había terminado con su novia. Esa noche fue como un sueño hecho realidad. No estaba feliz por su ruptura. ¡Ah, deja de mentir! Estaba pletórica. No por verlo sufrir, sino porque volvía a ser libre y, si aguantaba así hasta los treinta, le haría cumplir la palabra dada, porque si había un príncipe azul debía ser él. Después de arrastrarme por el suelo, quejarme del dolor de cadera y de rodillas, salí de la habitación y corrí a toda prisa por el pasillo para llegar al baño. Como siempre ya estaba ocupado. —¡Sal de una vez! Tengo prisa, debo ducharme o llegaré tarde —grité tras la puerta. —¡Entra! No verás nada que te asuste. Obedecí; a la vez que recordaba que mi vejiga estaba llena, así que junté las piernas y me adentré en el habitáculo con caminar de sirena seductora. —¡j***r me lo hago encima! En cuanto fui consciente de la imagen que me esperaba en el interior, me emocioné. Bruno estaba allí, mojado y con una toalla alrededor de la cintura. Como no podía ser de otra forma perdí la estabilidad y me resbalé con el agua que había en el suelo. Para no romperme la cara me sujeté de lo más próximo que encontré. Para mi desgracia, lo más cercano fue su toalla. Aquel odioso trapo que cubría esa maravilla de cuerpo cayó y lo dejó como Dios lo trajo al mundo. Lo siguiente que vi, además de toda su desnudez, fue el lavabo y mi frente colisionando con él. Finalicé mi recorrido de rodillas y con sus gloriosas partes masculinas frente a mis deseosos labios. Lo que podría comenzar como una película porno de bajo presupuesto, acabó por convertirse en un capítulo de Mr. Bean en cuando vi el rostro de Bruno. Parecía avergonzado y se debatía entre ayudarme, o cubrirse. —Diana, ¿te encuentras bien? Quería contestar un «sí» rotundo, pero mi mente estaba obnubilada por el trastazo en la frente y por el hombre desnudo que me sujetaba. —¡Eh! Sí, solo fue un tonto golpe… para no variar. En cuanto estuve de pie, con la frente roja y las mejillas incluso más, Bruno levantó la toalla y se cubrió. —No pongas esa cara, parece que nunca hayas visto a un hombre desnudo. —Comenzó a reírse, quizá lo hacía por la situación, o de mi cara. Lo cierto era que, sin importar el motivo de su hilaridad, yo deseaba meterme debajo de una piedra. —¡Ya sabes que así es! —Iracunda lo empujé para que dejara el baño libre. —Deberías ponerte algo de hielo en ese golpe, no tiene buena pinta —aconsejó a la vez que me robaba un beso en la mejilla y escapaba carcajeándose. Tardé varios minutos en recordar el motivo de aquella situación embarazosa. —¡j***r! Llegaré tarde al trabajo. Ya no me daría tiempo a ducharme así que, como la mujer práctica que era, me dispuse a darme el lavado del gato. Mientras me enjabonaba la cara busqué entre los botes la crema para peinar, coloqué un poco en la mano libre y la extendí a lo largo del cabello. La dejé hacer su trabajo y me enjuagué el rostro. Cuando por fin mi visión quedó libre de restos de espuma, pude ver como un prominente bulto se esparcía rojo e hinchado por la frente. Llegaría tarde y encima tenía un alien asomándose a mi cara. —¡No!, ¡¿por qué?! —grité al darme cuenta de que, la crema que esparcí tan bien sobre mis greñas, no era para peinar, sino la corporal que usaba Virginia. «¿Se puede comenzar mejor la mañana?». Mi cabeza tenía una capa grasosa, para colmo ya no había tiempo de arreglarlo y, la verdad, ¡qué más daba! Nunca se daban la vuelta para mirarme, nadie se fijaba en mí o en mi aspecto. Podría ir a trabajar vestida de vaca y no repararían en ello. Salí corriendo, asalté el armario y me coloqué lo primero que encontré. Sofocada intenté escapar de la casa, pero choqué con Bruno que no me quitaba el ojo de encima; le agradecí su distracción con un nuevo empujón y desaparecí de su visión sin mirar atrás.
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