Cuando bajé a la cocina, el bullicio ya reinaba: ollas borboteando, cuchillos cortando, órdenes volando. Helga dirigía el caos como un general. —Estoy lista —dije, forzando una sonrisa que se sentía falsa. Helga me escudriñó el rostro. —Tu labio se ve mucho mejor que ayer. Asentí, tocándolo instintivamente. La pomada había obrado milagros, un ungüento fresco que borraba la marca de Lyra como si nunca hubiera existido. —Me dieron una pomada para que sanara rápido. Me alegra, pronto estará como nuevo. Helga asintió y señaló pilas de canastos rebosantes de papas terrosas, zanahorias naranjas y elotes crujientes. —Pela y corta todo eso. Hoy hay estofado de venado para la manada. Miré la montaña. Horas de trabajo, para casi cien almas quizás. Recordé su apetito voraz: lobos devorando en

