El pasillo se extendía como un túnel interminable, mis botas martillaban el suelo de piedra pulida con un eco que resonaba en mis sienes como tambores de guerra. Nada calmaba la tormenta en mi pecho. El vínculo latía como un corazón expuesto, un pulso sordo y ardiente que me arrastraba de vuelta a ella. Elara. Su sonrisa para Elliot, ese roce inocente que mi lobo interpretaba como traición. Mi mandíbula dolía de tanto apretarla, los músculos de mi cuello tensos como cables de acero. Dos metros de puro instinto Alfa, hombros anchos tensados bajo la camisa negra ajustada, manchada de polvo del entrenamiento, y aún así, me sentía como un cachorro acorralado. Empujé la pesada puerta de roble de mi oficina con el hombro, el quicio crujiendo bajo la fuerza bruta. Entré y la cerré de un portazo,
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