Capítulo 1

929 Words
Kael Raventhorn El eco del acero resonaba en el aire frío de la mañana, una canción de guerra que me era más familiar que mi propio aliento. Tink. Tink. Zas. El golpe de acero contra acero, el siseo de las garras al raspar la piedra, el jadeo rítmico de docenas de lobos entregados al combate. Algunos en su forma de lobo, otros como yo en su forma humana. Era la sinfonía de nuestra existencia: violencia, disciplina y supervivencia. Desvié el mandoble de Brenner con la hoja de mi espada corta. El impacto me vibró hasta el hombro, una punzada familiar que normalmente me alimentaba. Hoy, sin embargo, sentí el peso en mis huesos. El sudor corría por mi espalda, un río caliente que se adhería a la tela negra de mi camisa, marcando cada músculo que el entrenamiento había esculpido durante años. Giré sobre mis talones, usando su inercia en mi contra, y mi pie encontró el suyo con un golpe seco. Brenner, mi Gamma, un lobo macizo con la barba rubia y más cicatrices que años, cayó hacia atrás con un gruñido de sorpresa. No le di tiempo a recuperarse. Estaba sobre él en un instante, el filo de mi acero frío sobre su garganta. Su respiración era corta, sus ojos grises, me miraban con una mezcla de respeto y preocupación. —Ríndete —siseé, con voz baja y peligrosa. Él levantó las manos, con una sonrisa torcida en sus labios. —Siempre tan dramático, Kael. La victoria amargó mi boca. Porque mientras mi cuerpo ejecutaba los movimientos con una precisión letal, una parte de mí sentía el desgaste. Un vacío frío que se expandía desde mi pecho, una ausencia que ni el calor de la batalla podía llenar. Era el mismo vacío que me despertaba a mitad de la noche y me robaba el aliento en medio de un consejo. El peso de la corona sin el ancla de mi Luna. —Alto —ordené, mi voz cortó el aire del patio de entrenamiento. El caos se detuvo en seco. Cincuenta lobos, los mejores guerreros de mi manada, se congelaron en sus posiciones. Sus miradas se clavaron en mí, una mezcla de lealtad y una pregunta silenciosa que todos se hacían pero que nadie se atrevía a formular. El vapor de sus respiraciones se elevaba como pequeños fantasmas en la neblina matutina que se aferraba a los muros de piedra de la fortaleza. Refugio de la Diosa, lo llamábamos. Nuestra prisión y nuestro único hogar. Un castillo oculto en el corazón de un bosque olvidado, protegido por una magia antigua que nos mantenía a salvo del mundo que casi nos aniquila. Pero los hechizos, por fuertes que fueran, no podían llenar el hueco en el alma de un rey. Brenner se incorporó, masajeándose el pecho. Se acercó a mí; su presencia fue un ancla en medio de mi tormento interna. —Te estás forzando demasiado —dijo en voz baja, para que solo yo lo oyera. —La fuerza de la manada es la fuerza de su Alfa —repliqué, sin mirarlo. Mi atención estaba en los muros de piedra gris, en los símbolos lunares tallados que parecían desvanecerse cada día que pasaba sin mi pareja. —Y un Alfa roto no puede liderar a nadie —insistió él, su tono suave pero firme, solo a él le permitía que me hablara de esa manera, era mi mejor consejero. —¿Cuándo es la próxima ceremonia? La pregunta me golpeó como un puñetazo. —En una semana. Asentí, sabiendo lo que veía en sus ojos. No era debilidad física. Era el desgaste del alma. Mi lobo, la bestia negra que dormía bajo mi piel, estaba inquieto. No por falta de combate, sino por falta de su otra mitad. Cada año sin mi Luna erosionaba mi poder, y con él, la estabilidad de todo nuestro mundo. Las manadas lo sentían, aunque no supieran explicarlo. Una tensión constante en el aire, una fragilidad que se ocultaba bajo una fachada de fuerza. Mi mandíbula se tensó hasta doler. —¡Otra ronda! —grité, mi voz retumbo en el silencio. —¡Ahora! La orden fue suficiente. Las espadas se alzaron de nuevo, los cuerpos chocaron, y el patio volvió a la vida. Pero esta vez, mis movimientos eran torpes. Sentía el peso de mi propia espada. Desvié un ataque de un lobo más joven y el esfuerzo me dejó sin aliento. Un mareo fugaz me nubló la visión. Mi lobo aulló en mi mente, no de furia, sino de frustración. No es suficiente, pensé, mientras bloqueaba otro golpe con los brazos temblando. Necesito más. La necesito a ella. Si fuera tan sencillo como elegir, ya lo habría hecho. Habría tomado a cualquier loba fuerte y fértil, habría marcado su piel y habría forjado el vínculo que necesitábamos. Pero el apareamiento de los Alfas no era una elección. Era un designio. Un regalo de la Diosa Luna. Un lazo que partía el alma en dos para volver a unirla, más fuerte que el acero y más profundo que el tiempo. Y a mí, la diosa me había abandonado. Ceremonia tras ceremonia. Año tras año. Había recorrido los salones del apareamiento, había inhalado los aromas de cientos de lobas dispuestas, había esperado el tirón en el pecho, el fuego bajo la piel, la certeza abrumadora de encontrar a mi otra mitad. Nada. Solo un silencio ensordecedor y el peso de las miradas de mi gente. Y ahora, el vacío se estaba volviendo físico. Mi fuerza, mi principal arma, me estaba traicionando.
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