Emma Cedrik frenó frente a mi casa sin siquiera preguntarme si quería que me trajera. Como siempre, decidió por mí. Yo seguía con su maldita camisa puesta, nadando en su olor, y antes de que pudiera decir algo me arrojó su saco encima, como si eso solucionara algo. —¿Dónde mierda dejaste mi vestido? Esto es infantil… —me quejé mientras me acomodaba el saco. Él giró el rostro hacia mí, esa sonrisa de cabrón arrogante pintándole la boca. —Infantil es que pretendas entrar a tu casa fingiendo que no te dí la mejor follada de tu vida. —Su tono era gélido, seguro, dominante— ¿Quieres que baje contigo? —Claro que no. —me apresuré a decir, y sin saber por qué dejé un beso rápido en su mejilla, como si pudiera calmar a la bestia. Él me miró como si acabara de hacer algo muy estúpido. —No soy

