Emma Sato Aún me temblaban las manos. No por miedo a morir —eso dejó de asustarme hace tiempo— sino por una imagen que no lograba sacarme de la cabeza: el arma apuntando a Riku. Ese hijo de puta no vino por mí. Vino por mi hermano. Esa noche regresamos a casa envueltos en silencio y olor a pólvora. Mamá no dijo nada cuando nos vio entrar; simplemente rodeó a Riku con los brazos y lo llenó de besos, como si pudiera borrar el terror a fuerza de caricias. Él intentó sonreírle. Yo no pude. Cedrik no ha dejado de llamarme. Mensajes. Llamadas. Notificaciones que ignoro una tras otra. No tengo cabeza para él. No ahora. Me encerré en la oficina con Xavier mientras Riku descansaba con mamá. Cerré la puerta con seguro. Necesitaba pensar. Necesitaba confirmar lo que ya sabía. —Iban contra mi

