Cedrik Estaba furioso. No era un enojo limpio ni controlado, era esa ira espesa que se acumula detrás de los ojos y no te deja pensar con claridad.Hacía horas que Emma se había ido.Horas sin noticias directas de ella, sin su voz, sin la certeza de que estaba bajo mi control. Mis contactos ya me habían informado del secuestro de esas mocosas, Amaya y Mia. Sinceramente, me importaban una mierda. Por mí, los Santoro podían arder uno por uno, podían servirlos en bandeja o hacerlos desaparecer sin dejar rastro. Nunca me importaron sus guerras, ni sus hijos, ni sus tragedias familiares. Nunca, pero Emma… cuando se trataba de Emma, todo se descomponía. Golpeé la mesa con el puño, haciendo vibrar los vasos. —Maldita sea… —murmuré. Sabía perfectamente cómo funcionaba su mente. Sabía que no

