Llegué a casa arrastrando el cuerpo, cada músculo protestando. Me dolía todo… especialmente ahí. Mordí el interior de mi mejilla y enderecé la espalda antes de cruzar la sala. Mi madre estaba sentada en el comedor con una taza de té entre las manos. Alzó la vista apenas me vio y frunció el ceño, esa mirada que conocía demasiado bien. —Cariño… ¿estás bien? —indagó con suavidad, pero con ese tono que no acepta mentiras fáciles. —Perfectamente bien —respondí demasiado rápido, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos. Ella me observó unos segundos más, de arriba abajo. Noté cómo sus ojos se detenían en mi forma de caminar, en la rigidez de mis hombros, en las marcas apenas ocultas por la ropa. —Claro —dijo al fin, sin discutir—. Entonces ve a descansar. Has tenido días muy largos últi

