Me dirigí con Kane y mis hombres a la empresa. Necesitaba concentrarme, recordar que además de sicaria, francotiradora y jefa de operaciones, también era la heredera de los Sato. Había estudiado finanzas por una razón: mi padre siempre confió en mí para manejarlo todo cuando las cosas se ponían feas. Y ahora… estaban peor que nunca. Al entrar en la oficina de mi padre, el aire se volvió pesado. Ese lugar seguía oliendo a él: a café amargo, a madera, a disciplina. El pecho me ardió. Las manos me temblaron. Kane se dio cuenta de inmediato. Se acercó despacio, como si temiera romperme, y me rodeó con los brazos desde atrás. Su presencia era cálida, firme. Me dejé sostener por un instante, solo uno, mientras respiraba hondo para no derrumbarme. Entonces la puerta se abrió de golpe. —Deja

