Emma Sato. No podía dejar de reír. La imagen de Iñigo, furioso, derrotado por su propio juego, me volvía una y otra vez a la cabeza. Riku manejaba con una sonrisa ladeada, cómplice, soltando alguna risa baja cada vez que yo negaba con la cabeza, incrédula por lo fácil que había sido provocarlo. —Te pasaste —dijo al fin. —Se lo merecía —respondí, todavía con esa risa peligrosa que aparece cuando una sabe que cruzó una línea… y no se arrepiente. El teléfono vibró sobre el asiento. Mamá Leí el mensaje y la risa se me apagó de golpe, como si alguien hubiera cortado el aire dentro del auto. Anisha está en la clínica. Levanté la mirada de inmediato. —Desvía el camino —le dije al chófer, sin pensarlo—. Vamos a la clínica. Ahora. Riku me miró de reojo, serio esta vez. —¿Estás segura?

