El secreto de Nikolaos.

1434 Words
Cedrik Keizen Todo está saliendo según el maldito plan. Ser nombrado segundo al mando no era lo que deseaba, claro que no…yo debería ser el Shogun, no una sombra detrás de Emma Sato. Pero gracias a mi imbécil padre —ese traidor muerto que arruinó mi legado— ahora debo conformarme con avanzar paso a paso. El pasado no se puede cambiar, pero el futuro… el futuro es mío. Me encuentro con Haru, mi “abuelo”, en la mansión donde crecí.El viejo siempre fue raro, pero conmigo… fue amable.No sé por qué. Tal vez porque vio potencial o tal vez porque necesitaba un arma que no llevara el apellido Sato. Tal vez porque siempre quiso un nieto con más cerebro que corazón.Sea cual sea la razón, me crio como a un heredero más, junto a sus dos nietos biológicos y a su miserable hijo. Joon-Seok y Min-Jae. Joon-Seok, el mayor, es un completo imbécil. Un bravucón sin sesos que cree que fuerza bruta es sinónimo de poder.Un idiota que respira arrogancia sin tener méritos.El tipo de hombre que muere joven… o muere útil. Min-Jae, el menor, es distinto es tímido, callado. y fácil de manipular.Un muchacho blando, pero con necesidad desesperada de aprobación. Su padre y hermano lo tratan como la mierda y ahí es donde entro yo. La clase de debilidad que se convierte en un hilo perfecto para jalar cuando quiero que algo se rompa.Ambos sirven a su manera, aunque ninguno vale lo que yo valgo. Haru está sentado frente a mí, su mirada cansada, pero su mente aún afilada. Sabe exactamente lo que quiero… y aún así me mantiene a medio metro del trono. —Emma es la Shagun —dice con esa voz raspada—.Es lo que Takumi quiso. Lo respetarás. Yo sonrío, una sonrisa lenta… venenosa. —Por supuesto, abuelo —respondo—. Respetaré todo lo que Takumi eligió. Su expresión se endurece, sabe que miento y aun así no me detiene. Porque yo soy el monstruo que él moldeó. Un Keizen sin pasado y un Kanzuro sin límites y tarde o temprano…Emma caerá y lo disfrutaré enormemente. Y el trono…el trono será mío. —Quiero que seas una mejor sombra que tu padre —gruñe Haru, sin rodeos—. Él fue un traidor con Takumi y yo no permitiré que repitas sus errores.Te he criado para que respetes la crianza de los Yakuras, Cedrik. Para que seas leal a la estructura y no a tus impulsos. El viejo clava sus ojos en mí como si pudiera atravesarme el alma.Lástima que hace tiempo dejé de tener una. Yo inclino apenas la cabeza. —Por supuesto, Haru —respondí con suavidad. Pero mi sonrisa lo contradice.Una sonrisa lenta, estudiada, venenosa y una que él conoce demasiado bien. Porque Haru fue quien me enseñó a sonreír así. A ocultar mis verdaderas intenciones detrás de obediencia fingida.A esconder las garras hasta que el golpe fuera letal. —Eres inteligente, Cedrik —continúa él, entrecerrando los ojos—.Pero no olvides que aquí Emma lleva la sangre del Shogun. Y tú…tú llevas la de un hombre que destruyó su propio nombre. Su voz es un susurro cargado de amenaza. —No me hagas arrepentirme de haberte criado como un Kanzuro. Respiro hondo.Lo suficiente para contener la risa porque si algo tengo claro es que Haru no sabe la mitad de lo que planeo.No sabe lo que deseo y mucho menos… lo que estoy dispuesto a hacer. —Jamás te fallaría, abuelo —digo finalmente, con una reverencia impecable. Pero mientras pronuncio esas palabras, dentro de mi mente ya veo el futuro escrito en sangre: Seré una mejor sombra que mi padre y me quedaré con todo lo que él dejó atrás. Salí del despacho y me crucé con Joon-Seok, el neandertal impulsivo de la familia, que tenía esa sonrisa tonta pintada en la cara. —Vaya… Emma, estabas deliciosa en la reunión —soltó, demasiado confiado, como si eso fuera lo más importante del día. Fruncí el ceño y lo fulminé con la mirada. —¿Qué dijiste? —pregunté con voz helada—. No me fijé, Joon-Seok. Deberías fijarte mejor en el poder, en las decisiones, en quién dirige el clan… en lugar de quién está fuera del alcance de tu polla. Él tragó saliva, incómodo. —Siempre te crees la mejor —susurró—. Incluso mi abuelo y tu padre creen que eres mejor que yo… Solté una carcajada que retumbó en el pasillo. No era una risa amable, era una risa cruel. —¿Creen? —dije, acercándome hasta quedar frente a él—.Mira, Joon-Seok… tú podrías intentarlo toda tu vida y aún así, nunca llegarías a mi nivel. Abrió la boca para replicar, pero no dijo nada. Su orgullo se había desplomado en segundos, como un castillo de naipes. —Así que ahórrate las estupideces —añadí, bajando un poco la voz para que solo él lo escuchara—.En esta familia, en este clan… yo soy la que marca la diferencia y tú… solo aprendes a sostenerme la espalda. Joon-Seok tragó saliva, bajó la cabeza y, por primera vez en mucho tiempo, no dijo nada. Sonreí con satisfacción, disfrutando la humillación silenciosa de alguien que hasta hace un momento se creía mi igual. Conduje a toda velocidad por las calles heladas de Rusia, el rugido del motor cortando la noche como una amenaza. La nieve golpeaba el parabrisas, pero mi mente estaba más fría que el clima. Terminé en el galpón abandonado a las afueras, ese que solo algunos pocos conocían. El metal oxidado rechinó cuando abrí la puerta. Y ahí estaba él Nikolaos Konstantino. Apoyado en unas cajas, con ese aire de superioridad que siempre me dio ganas de partirle la cara desde la universidad. Su cabello oscuro, sus ojos negros como tinta y esa barba en candado que creía que le daba aire de mafioso refinado. Por favor. Solo lo hacía ver más hijo de puta de lo que ya era. Lo he odiado siempre… pero, en un océano de inútiles, al menos este imbécil sirve para algo. Nikolaos levantó la vista apenas se dio cuenta de mi presencia. —¿Qué querías, Keizen…? —escupió, como si me hiciera un favor. Yo solté una carcajada fuerte, profunda, disfrutando ver cómo se tensaba.Me acerqué despacio, mis botas resonando sobre el concreto. —Yo que tú no me atrevería a hablarle así —incliné la cabeza, sonriendo con malicia— al único que conoce tu secreto, Konstantino. El silencio se volvió espeso.Su mandíbula se crispó apenas un milímetro.Suficiente para saber que lo había tocado donde más dolía. —¿Crees que me intimidas? —siseó. Me acerqué más, tan cerca que podía ver mi reflejo burlón en sus pupilas negras. —No, Nikolaos. Yo no necesito intimidarte. Sonreí como el diablo que estaba seguro que soy. Nikolaos me miró con fastidio, como si le doliera admitir que me necesitaba. —¿Qué quieres, Keizen…? —repitió con esa voz gruesa llena de arrogancia heredada. Me acerqué despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo, como si estuviéramos hablando del clima y no a punto de desatar una guerra familiar. —Quiero que dejes de meterle telarañas en la cabeza a tu prima sobre mí. —mi voz sonó baja, cortante, afilada—. Si vuelves a intervenir en mis planes, acabo con lo que más quieres. Nikolaos soltó una risa incrédula, nerviosa, como si intentara convencerse de que yo solo estaba bluffeando. —Eres un enfermo, Keizen. —me escupió. Mi sonrisa se ensanchó, cruel, venenosa. Avancé un paso más, obligándolo a retroceder aunque no quisiera. —¿Un enfermo? —arqueé una ceja—. Por favor, Konstantino… yo no me meto con niñas de quince años. Eso sí que es un puto asco. El silencio cayó como un balazo. Nikolaos palideció apenas, un detalle mínimo, pero suficiente.Su mandíbula se tensó, los dedos se cerraron en puños. —No sabes de lo que hablas —gruñó entre dientes. Solté otra carcajada, más alta esta vez, disfrutando ver cómo se agitaba su respiración. —No me subestimes, Zar. Sé todo. Absolutamente todo y créeme… no quieres que abra la boca. Nikolaos tragó saliva, sin poder ocultarlo. —¿Qué demonios quieres de Emma…? —escupió al fin, intentando cambiar el enfoque. —Lo que me pertenece. —respondí sin dudar—. Y tú no vas a ser un obstáculo no ahora y no nunca. Haz lo que debas con tu mocosa… pero recuerda una cosa.Yo siempre gano.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD