Emma No bajé a cenar. No tenía ánimos, no tenía hambre, no tenía paciencia para soportar a nadie. Me quedé encerrada en mi habitación, en silencio, con la luz apagada. Mi cuerpo aún dolía… y peor que eso: mi mente no dejaba de repetir su nombre. Cedrik, maldito Cedrik. Escuché la puerta abrirse sin tocar. Solo una persona entraba así. Xavier. Se metió como si nada, como si tuviera todo el derecho del mundo a irrumpir en mi caos. Se acercó a la cama y se inclinó para besarme. Me aparté. —¿Qué ocurre, Emma? —preguntó, con ese tono molesto que usa cuando siente que algo se le escapa—. ¿Keizen te dejó agotada? Levanté la vista, indignada. —¿Qué estás diciendo? Entonces él sacó su teléfono. Lo desbloqueó y me mostró la pantalla. Una foto yo desnuda en los brazos de Cedrik dormida y m

