Adrián Salazar permanecía sentado frente a la mesa de cristal, observando los documentos que tenía delante como si fueran una ilusión que desaparecería en cualquier momento. La cifra seguía allí, escrita con claridad, fría e innegable: cinco millones de dólares disponibles para financiar un nuevo proyecto bajo su dirección.
Durante años había firmado contratos por cantidades mayores. En el pasado, una suma como aquella habría sido solo el comienzo de una negociación. Pero ahora, después de su caída, aquella cifra tenía un peso completamente distinto. Era una puerta que se abría cuando todas las demás se habían cerrado.
El hombre mayor del grupo juntó las manos sobre la mesa.
—Sabemos que su situación actual no es sencilla, señor Salazar. Su caída fue… muy comentada en el sector. Pero también sabemos algo más importante.
Adrián levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
La mujer que estaba sentada a la derecha del hombre sonrió ligeramente.
—Sabemos que usted fue quien construyó su empresa desde cero. Fue su visión la que la llevó a crecer tan rápido. Su socio pudo robar dinero, pero no pudo robar su talento.
El tercer inversionista habló entonces.
—Y en el mundo de los negocios, el talento siempre encuentra otra oportunidad.
Adrián escuchaba sus palabras, pero su mente estaba en otra parte.
En el parque.
En la tinta roja del contrato.
En la voz que había escuchado en su cabeza apenas unos minutos antes.
“Este es solo el comienzo.”
Un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Qué tipo de proyecto quieren financiar? —preguntó finalmente.
El hombre mayor deslizó otro documento hacia él.
—Uno que creemos que usted puede liderar mejor que nadie.
Adrián abrió la carpeta.
Dentro había un plan detallado para crear una nueva empresa tecnológica enfocada en inteligencia financiera, una plataforma capaz de analizar mercados internacionales en tiempo real y predecir movimientos de inversión con una precisión casi imposible.
Mientras leía, algo empezó a ocurrir.
Ideas.
Muchas ideas.
Su mente comenzó a moverse con una claridad que no había sentido en meses.
Donde antes veía problemas, ahora veía soluciones.
Donde antes veía riesgos, ahora veía oportunidades.
Era como si alguien hubiera encendido una luz dentro de su cerebro.
Adrián levantó la vista lentamente.
—Esto no está completo.
Los tres inversionistas lo miraron con curiosidad.
—¿A qué se refiere?
Adrián tomó una pluma que estaba sobre la mesa y empezó a escribir directamente sobre el documento.
Durante varios minutos no dijo nada.
Agregó nuevas estrategias.
Nuevos mercados.
Nuevos modelos de ingresos.
Los inversionistas se miraban entre ellos mientras lo observaban trabajar.
Cuando Adrián finalmente levantó la cabeza, deslizó el documento hacia el centro de la mesa.
—Ahora sí lo está.
La mujer tomó las hojas y comenzó a leer.
Su expresión cambió poco a poco.
Luego el hombre mayor tomó el documento.
Después el tercero.
El silencio en la sala se volvió denso.
Finalmente el hombre mayor habló.
—Señor Salazar…
Adrián lo miró.
—¿Sí?
—Lo que acaba de hacer aquí… —el hombre levantó las hojas— …convierte este proyecto en algo diez veces más rentable.
La mujer asintió lentamente.
—Esto es brillante.
El tercer inversionista soltó una pequeña risa de incredulidad.
—¿Cómo no pensamos en esto antes?
Adrián no respondió.
Porque en ese momento estaba sintiendo algo extraño.
Una presencia.
No visible.
Pero real.
Como si alguien estuviera parado detrás de él, observándolo.
Una voz susurró nuevamente dentro de su mente.
“Tu mente ahora ve lo que otros no pueden ver.”
Adrián apretó ligeramente los dientes.
No quería reaccionar frente a los inversionistas.
Pero ahora estaba completamente seguro de algo.
El pacto estaba haciendo algo más que traer oportunidades.
Lo estaba cambiando a él.
El hombre mayor cerró la carpeta.
—Señor Salazar, si usted está dispuesto a liderar este proyecto… nuestra firma está preparada para invertir cinco millones de dólares de inmediato.
Adrián lo miró fijamente.
—Querré control total de las decisiones estratégicas.
Los tres inversionistas se miraron.
Era una exigencia fuerte para alguien que estaba en ruina.
Pero ninguno pareció ofendido.
Al contrario.
El hombre mayor sonrió.
—Esperábamos que dijera algo así.
Extendió su mano.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Adrián estrechó su mano.
Por primera vez en meses, sintió algo que había desaparecido de su vida.
Poder.
Pero cuando salió del edificio una hora después, con los contratos firmados y el financiamiento aprobado, algo extraño ocurrió.
El cielo se había nublado.
Las sombras de los edificios parecían más largas de lo normal.
Adrián caminaba por la acera mirando la ciudad que alguna vez había gobernado con su empresa.
Los autos pasaban.
Las personas caminaban.
Todo parecía normal.
Hasta que vio su reflejo en el vidrio de una tienda.
Se detuvo.
Por un segundo… creyó ver algo detrás de él.
Una figura alta.
Oscura.
Inmóvil.
Adrián se giró inmediatamente.
Pero no había nadie.
El sonido de una voz volvió a aparecer dentro de su mente.
Más clara esta vez.
Más cercana.
“Primer paso completado.”
Adrián respiró lentamente.
—¿Qué quieres de mí? —susurró sin darse cuenta.
Las personas que pasaban cerca lo miraron con curiosidad.
Pero nadie más podía escuchar la respuesta.
“Solo lo que prometiste.”
Adrián siguió caminando.
Ahora tenía dinero otra vez.
Tenía un proyecto.
Tenía una segunda oportunidad.
Pero mientras avanzaba entre la multitud, una idea inquietante comenzó a formarse en su mente.
Si cinco millones habían aparecido tan fácilmente…
¿Qué más podía darle aquella entidad?
Y más importante aún…
¿Qué iba a pedir a cambio?
Porque algo dentro de él le decía que la primera condición del pacto…
todavía no había llegado.