Adrián no durmió aquella noche.
Después de que el Intermediario desapareció, el apartamento quedó en silencio absoluto, pero el silencio no le trajo paz. Cada rincón parecía conservar un rastro de la presencia de aquella entidad, como si la oscuridad misma recordara que algo imposible había estado allí.
La lámpara volvió a funcionar con normalidad, la temperatura regresó a lo habitual y la ciudad siguió su curso afuera de la ventana. Pero dentro de la mente de Adrián todo había cambiado.
Daniel Ferrer.
El nombre giraba una y otra vez dentro de su cabeza.
No era un desconocido.
Era uno de los ejecutivos más respetados del sector financiero. Había construido su empresa durante años y tenía fama de ser un negociador agresivo pero inteligente.
En otras circunstancias, Adrián incluso habría disfrutado competir contra alguien como él.
Pero aquello no era una competencia.
Era una orden.
Una condición.
Adrián se levantó del sofá y caminó hacia la cocina del pequeño apartamento. Se sirvió otro vaso de whisky y lo bebió de un solo trago.
—Arruinar su vida… —murmuró para sí mismo.
Podía hacerlo.
No sería la primera vez que destruía a un rival en el mundo empresarial. Las fusiones hostiles, las campañas de presión financiera, los movimientos estratégicos para eliminar competencia… todo eso formaba parte del juego.
Pero algo en la forma en que el Intermediario lo había dicho le daba a aquella tarea un significado diferente.
No parecía un simple movimiento de negocios.
Parecía algo más profundo.
Algo más oscuro.
Adrián volvió a mirar por la ventana.
Las luces de la ciudad seguían brillando como si nada hubiera cambiado.
Pero él sabía que todo había cambiado.
Se sentó en la mesa y abrió su laptop.
Si iba a tomar una decisión, necesitaba información.
Escribió el nombre de Daniel Ferrer en el buscador.
En cuestión de segundos aparecieron cientos de resultados.
Artículos financieros.
Entrevistas.
Reportes de mercado.
Fotografías.
Daniel Ferrer tenía cuarenta y dos años, era fundador y director ejecutivo de Ferrer Capital, una firma que había crecido rápidamente durante la última década.
Su empresa estaba especializada en inversiones tecnológicas.
Exactamente el mismo sector en el que Adrián estaba intentando entrar nuevamente.
Adrián empezó a leer con atención.
Mientras más investigaba, más claro se volvía algo.
Ferrer Capital estaba a punto de lanzar una nueva plataforma de análisis financiero basada en inteligencia artificial.
Una plataforma muy parecida al proyecto que Adrián acababa de comenzar.
—Así que por eso… —susurró.
No era casualidad.
Si Ferrer lanzaba su plataforma primero, dominaría el mercado.
Y el nuevo proyecto de Adrián quedaría en segundo lugar.
Cerró la laptop lentamente.
Ahora entendía por qué el Intermediario lo había elegido como objetivo.
Pero todavía quedaba la pregunta más importante.
¿Por qué la entidad necesitaba que él lo hiciera?
Si aquella criatura tenía tanto poder como parecía, podría destruir a Daniel Ferrer con un simple pensamiento.
Entonces… ¿por qué obligarlo a hacerlo?
Esa duda lo inquietaba más que la orden misma.
Pasó la madrugada revisando información sobre Ferrer Capital.
Finanzas.
Socios.
Proyectos.
Competidores.
Y poco a poco comenzó a notar algo interesante.
La empresa de Ferrer estaba creciendo demasiado rápido.
Había adquirido varias compañías pequeñas en los últimos meses y estaba expandiéndose agresivamente en el mercado internacional.
Un movimiento arriesgado.
Muy arriesgado.
Adrián comenzó a hacer cálculos mentales.
Si lograba presionar en los puntos correctos… podría provocar una reacción en cadena.
Inversionistas nerviosos.
Socios desconfiados.
Mercados volátiles.
Una caída en el valor de la empresa.
Nada ilegal.
Nada que pudiera ser rastreado directamente hacia él.
Solo movimientos inteligentes.
Movimientos que él conocía muy bien.
Adrián se levantó de la silla y caminó de un lado a otro por el apartamento.
—No es personal… —murmuró.
Era solo estrategia.
Negocios.
Supervivencia.
El mundo empresarial siempre había sido brutal.
Y ahora él tenía algo que los demás no tenían.
Ventaja.
Pero justo cuando estaba empezando a convencerse a sí mismo, el reflejo en la pantalla negra de la laptop llamó su atención.
Adrián levantó la mirada lentamente.
Durante una fracción de segundo creyó ver algo detrás de él.
Una silueta.
Alta.
Oscura.
Se giró de inmediato.
La habitación estaba vacía.
Pero la voz apareció otra vez dentro de su mente.
Suave.
Casi divertida.
“Veo que ya estás pensando en cómo hacerlo.”
Adrián apretó los puños.
—Sal de mi cabeza.
La respuesta llegó con una calma inquietante.
“No estoy en tu cabeza.”
Hubo una breve pausa.
“Estoy en todas partes donde tú estés.”
Adrián respiró profundamente.
—¿Por qué yo?
Silencio.
Luego la voz respondió.
“Porque los humanos deben caminar su propio camino hacia la oscuridad.”
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Y si me niego?
Esta vez la respuesta tardó unos segundos más.
“Entonces el equilibrio se romperá.”
La voz se volvió más grave.
“Y todo lo que te fue dado… será retirado.”
Adrián cerró los ojos por un momento.
Pensó en los cinco millones.
En la empresa que estaba renaciendo.
En el futuro que comenzaba a reconstruir.
Y luego pensó en Daniel Ferrer.
Un hombre que probablemente no tenía idea de que su vida acababa de convertirse en una pieza dentro de un juego mucho más grande.
Adrián volvió a abrir los ojos.
Regresó a la laptop.
Y comenzó a escribir un correo.
Uno que iniciaría el primer movimiento.
Porque había tomado una decisión.
Si el juego había comenzado…
entonces él iba a jugar para ganar.
Pero en algún lugar que Adrián no podía ver, más allá del mundo humano, el Intermediario observaba en silencio.
Y una sonrisa lenta apareció en su rostro.
Porque el verdadero objetivo de la primera condición nunca había sido Daniel Ferrer.
Había sido Adrián.
Y apenas estaba dando su primer paso hacia algo mucho más oscuro de lo que imaginaba.