Narra Helen. Después de instalar a mi madre en su casa, nos fuimos al aeropuerto. Estaba tan nerviosa que la felicidad no cabía en mi pecho. Dylan se había hecho cargo de todo el papeleo que implicaba el viajar a otro país, y también había llevado con nosotros un asistente de más o menos cuarenta años de edad, Miguel se llamaba; era la persona que iba a estar a cargo de atendernos, subir y bajar al magnate de la silla de ruedas entre otras cosas importantes. El viaje fue en clase alta. VIP para ser exactos. Yo estaba en la parte de la ventana, disfrutando el mirar el cielo. La adrenalina que sentía en mi estómago era magnífica, entre miedo y felicidad. —¿Emocionada? —preguntó tomándome de la mano. —Mucho —dije sonrojada por su tacto, que nunca dejaba de hacerme sentir increíble. —Pon

