VII. El reflejo de nuestras emociones, no es lo que demostramos en verdad Parte III

2866 Words
—N-no —dijo furioso Hashiro tratando de liberarse—. No quiero que me perdones porqué sé que tú eres un caso perdido. —¿Y por qué aún tienes fe en mí? ¿Por qué quieres que le enseñe al tarado de tú hijo cosas cuando él ni si quiera sabe qué hacer con su vida en estos momentos? —argumentó con su voz gruesa. Hashiro abrió los ojos. —Por… Porqué sé que al final del día, harás lo correcto. P-por eso confió en ti —murmuró este quedándose con poca voz. —¿Es impresionante no te parece? En ver como poco a poco estoy matándote, volviéndote más débil. ¿Sabías que así mataba a las personas en el pasado? —rio macabramente, Hashiro seguía pataleando en el suelo—. Es interesante. Había olvidado esta sensación, de ver a tus víctimas regocijarse cuando están pidiendo perdón por todos sus pecados. —N-no estoy pidiendo perdón —murmuró Hashiro—. Porqué ya sé cómo detenerte. De repente, Sebastián había perdido el control de su energía. La tierra dónde estaba él empezó a temblar, tanto así que sacudió a este por el aire haciéndole caer al otro extremo del lugar. Sorprendido, miró como Hashiro a su alrededor había formado muros. Muros de tierra gigantes. Cuando se formaron, de aquellos comenzaron a salir esqueletos. Hombres esqueletos que rodeaban a un Hashiro caído al suelo, que lo ayudaban a levantarse mientras se sacudía. Maldijo. Había visto ese poder antes en Ren, pero nunca creyó que Hashiro podía levantar un ejército de esqueletos. Respiró hondo sacudiendo su traje que se encontraba medio arrugado con una arrogante sonrisa sobre sus labios, aplaudiendo así sarcásticamente. El mientras se acercaba con aplausos, los esqueletos se ponían en doble fila para protegerle. —No le haré daño, sólo estábamos jugando —expresó divertido sacudiendo un poco su traje viendo a Hashiro con los ojos fulminantes—. ¿No es así? Vaciló un poco. Este, dio agradecimiento a sus guerreros cuando poco a poco comenzaron a desintegrarse. Sebastián miró como la tierra comenzaba a tragarse aquellos huesos, dejándolos solos nuevamente. Hashiro que no se había movido del lugar, observaba con inquietud a la multitud que estaba ahí presente: Ellos miraban con la boca abierta asombrada como si nunca hubiese visto algo parecido antes. —Esto lo aprenderán con el tiempo, verán, hay limitaciones en cada reino —disimuló Sebastián explicando para no tener que dar explicaciones—. Muchos nacemos con una energía: Sea del padre o de la madre. Hay casos extraordinarios de familias multimillonarias, o del sector de la realeza que los reyes del cielo le otorgan varios dones a la vez —suspiró mirando a Hashiro—. El príncipe Hashiro puede invocar seres sin vida, cuerpos de esqueleto como control total de la sombra debido a sus padres —rodó los ojos—. Yo tengo herencia de mitad Belthomed como mitad Selshie. Por eso puedo dar energías oscuras como energías positivas. Y sí, creo que llegaron a conocer el mito del ‘rebelde hijo del rey’; bueno, está inspirado en mí. Muchos abrieron los ojos, otros simplemente no decían nada. Sebastián conocía bastante bien ese mito de canciones que habían hecho sobre su vida pasada, ese fue su martirio una vez haber conocido aquello. Odiaba con toda su sangre aquellos versos dónde lo delataban como un asesino, aunque hasta ahora no se había mencionado su nombre. —La mayoría de las personas tienen una sola energía, y hay otro que nacen sin ella, la mayoría son expulsados a las tierras alejadas de otro reino porque cumplen con un mínimo de cuota en su vida si no cumplen con la edad necesaria de hacernos saber si pueden vivir solas en este mundo —suspiró Sebastián—. Nunca he ido a ese lugar, sólo sé que no deberíamos de ir. Es un lugar lleno de incertidumbre, llenos de rencor que no dudarían en matarlos por querer vengarse de todos ustedes —señaló a las personas—. Aunque no tuvieran nada que ver. Le ponía nervioso aquella situación. Por eso es que siempre protegía a Kathius. No quería que su destino acabase como habían acabado aquellas personas que llegaban allá. Si era cierto que el mínimo de personas que nacían sin energías era casi nulo, sabía que había dañado la vida de él por haber jugado el plan sucio de Sasha. Eso lo ponía más nervioso aún. No. No debía de pensar en el pasado. Con las manos atrás, agarradas y entrelazadas comenzó a andar notando que Hashiro no había dicho nada para interrumpirlo, agradecido, miraba a todos caminando de derecha a izquierda explicando pacientemente lo que iban a hacer hoy. —Como ya pueden observar, en los reinos siempre hay peligro en cada esquina. Siempre. Así sean que estén en el reino de Miracles, siempre no sabrán en quién confiar —suspiró él deteniéndose—. Hoy, aprenderán como luchar con las manos. Se defenderán con los pies, y desarmarán al enemigo sin energía. Elevó la voz frente a la multitud. Muchos comenzaron a quejarse. Había escuchado murmullos de algunos chicos diciendo cosas como: “¿cómo vamos a defendernos sin energías?” o algo cómo: “¿Por qué? ¡Este tipo está loco!” pero aun así quiso omitir eso. No quería desafiar a los chicos menos jóvenes que él, no quería meterse en problemas después porque sabía que la reina Annma metería manos en el asunto. Cuando iba a decir algo, Hashiro elevó la voz para callarlos a todos. Este lo miró sorprendido, nunca lo había visto callar a nadie nunca antes, y menos, a una multitud. Quizá por esa parte lo había juzgado mal. —Aprenderán a hacerlo, serán uno de los mejores luchadores en sus vidas —argumentó Hashiro poniéndose al lado de Sebastián—. Sebastián tiene razón. Va a haber oportunidades dónde harán lo posible para secuestrarlos, o matarlos en tal caso. No se dejen hacer eso. Harán lo que sea aquí para aprender a desarmar a alguien, verán como unas simple manos y unos simples píes podrán salvarle la vida en algún momento de la suya. —Estás en lo correcto —murmuró Sebastián, los chicos lo veían a él—. Muchos de hecho tratan de golpearlos para desamarlo, terminando en lanzar su energía a la hora de matarlos. Y sé que no es una práctica común en ningún lado, pero, aquí no hay reglas. Las reglas, las hago yo —susurró—. ¡Ahora! Busquen a sus parejas. Dos. Uno se protege del otro. Tienen que tratar de tumbarlos al suelo. Dense golpes, patadas, arañazos, lo que sea. Después de todo, tenemos a una curandera entre nosotros. ¡Al ataque! Miró como las filas comenzaban a quebrarse. Muchos comenzaron a formar pequeños círculos para quedarse unidos a pesar de que solo eran dos, le gustaba esa unión. Rio cuando miró a Ren que este se encontraba ahí de pie, más se sorprendió cuando una chica de cabello rojizo se acercó a él. Observó después a Seth, que se encontraba con aquel chico carismático pelirrojo que la verdad era, no estaba nada mal. —Hum, interesante que dos mejores amigos terminen así —susurró divertido, mirando a Hashiro con las cejas fruncidas cuando veía seriamente a su hijo—. ¿Qué? —Nada —contestó este secamente, dándole la espalda—. Sebastián —susurró después cuando se detuvo frente a una roca—. No lo arruines. —Creo que esas palabras deberías decírselas a tú hijo —le replicó. Y una vez que todos comenzaron a formarse en círculo con parejas, sonrió poniéndose al frente de ellos dónde pudieran ver a todos entrenando. —Y ahora… ¡Que empiece el juego! Exclamó con cierta diversión. Porqué después de todo, la vida para Sebastián era un juego, y él amaba jugar. ♚ ♚ ♚ ♚ ♚ ♚ ♚  Escoria se encontraba arreglando sus cosas en su habitación principal de la casa. Observó cada parte del lugar, respirando hondo, sintiendo cómo su corazón latía y ascendía. Ella aún no estaba segura de lo que iba a hacer: ¿De verdad iba a irse a vivir al gran castillo? ¿Si las personas que la conocían se enterasen de aquello, cómo las verían los demás? Estaba obstinada de los prejuicios de las personas a su alrededor. Cuando las miraba a ellas, se miraba así misma cuando tenía 17 años. Si era cierto que ella siempre había sido cruel, que nunca había tenido aquella sensatez de tener una protección severa con su hermano menor, que nunca se había tomado el tiempo de escucharlo a él dejándose llevar simplemente por las palabras de sus padres. Ella se sentía la reina del mundo por lograr tantas cosas a esa edad, porque su primer vestido lo había usado Adelaida. Su primera amiga había sido ella. Y si era cierto que se encontraban en distintas torres, había visto algo en esa princesa que nadie más había visto en ella. Ni si quiera sus padres. Ni si quiera Sasha. Y aunque era imposible devolver el tiempo, ella de verdad si hubiese escuchado a Kathius desde un principio quizá su hermano no había crecido tan infeliz. No estaba de acuerdo con todo lo que Sasha había pensado, lo que había planeado, pero los celos y la envidia de que cuando las energías en él empezaron a flotar a la edad de los 16 años, Escoria se sentía más pequeña porque era tapada por sus logros. No eran los mismos placeres que se daba en ese momento. Se arrepentía mucho de haber aceptado en ese momento trabajar con su hermana, y aunque el remordimiento crecía cada vez más en su interior estaba creyendo que seguramente Adelaida quizá no estaría decepcionada de ella. Ella era su mejor amiga. La extrañaba mucho, y sabía que podía perdonar todos sus pecados, todo lo que había cometido, todo lo que había hecho. Dejó de pensar en su hermano. Últimamente en su mente la voz de Kathius vagaba por torturándole, diciéndole cosas que se suponía que ya había olvidado, que el fantasma de su hermano aún vagaba por las paredes de aquella mansión. Pero, por otro lado, ella sabía que su hermano podía perdonarla. Que la había perdonado. En los últimos meses que habían vivido juntos, se habían acercado cada vez más. Por esa razón se estaba preguntando si estaba haciendo lo correcto. No quería pensar que por salvar la vida de su hija la iba a llevar por una mala decisión. ¿Qué si estaba loca en confiar en alguien como Dazzel? Claro que sí, pero por ahora, pensaba que era la única forma de salvarla. Escoria suspiró cuando miró su vestido un vestido floral con hermosos estampados, precioso, largo y estirado. En sus labios sonrió, recordó que se había puesto ese vestido por primera vez cuando iba a ver a Maxwell. Dejó el vestido en la cama, mirando lo precioso que se encontraba todavía haciéndole pequeños recuerdos en su mente cuando recordó la primera cita con el mayor de los hermanos de la familia real. Había conocido a Maxwell cuando ella tenía apenas dieciséis años, y a los diecisiete ya había confirmado en su estómago que estaba totalmente enamorada de él. Fue una época difícil para ella. Su padre la había obligado a casarse con otra persona, y si es cierto que con el tiempo le agarró cariño a Caleb debido a lo mucho que la cuidaba, que la protegía, y que en algún momento había olvidado sus sentimientos hacía el futuro rey, ella cuando se volvieron a ver había comprendido que todo el sentimiento hacía Caleb eran los mismos hacía Maxwell. Comprendiendo que nunca había lo había amado. ¿Qué si se había arrepentido en no haberlo dejado? Quizá. Se había preguntado muchas veces que había pasado si se hubiese divorciado de Caleb. ¿Maxwell habría hecho lo mismo con Eloise? ¿La hubiese dejado por ella? ¿Cancelaría todos sus planes que tenía con el reino, por ella? En ese momento, Adelaida iba a ser la reina de Selshie, y por eso había muchas dudas al respecto. Negó con la cabeza, no, no debía de pensar en él, y menos ahora que iba a vivir en el castillo trabajándole a Dazzel. Estaba loca en haber aceptado, pero ya no podía dar marcha atrás. Después de todo, el sueño de su padre había sido que su apellido estuviera siempre presente en la familia real. Tenía que ver el lado positivo de las cosas después de todo. Sonrió guardando el vestido dentro de su maleta que estaba abierta aún, para ver un pequeño cinturón amarillo que iba al juego de este recordando con suma excitación ese momento cuando Maxwell le había suya por primera vez. Por qué si, era por eso que ese vestido era sumamente especial para ella. Y aunque ahorita odiaba el sentimiento que le había producido aquella pequeña discusión con Maxwell, no pudo evitar soltar una sonrisa en sus labios que le ocasionaba una sensación de calidez, una sensación que le otorgaba paz. Pero… el futuro, la vida había sido cruel con ella castigándola de esta manera. Entendía la posición de Max, él tenía que prepararse para ser un buen rey. El debía de tomar las riendas de su destino, y en ese destino no estaba ella. Quizá era bueno. Quizá así lo olvidaría para siempre, aunque en el fondo de su corazón lo seguía amando, eso no podía negarlo. Sacudió un poco su nariz, guardando aquel cinturón para ir al armario buscando otros vestidos, un par de zapatos, botas, sandalias, y algunos cinturones que había diseñado mucho antes. Guardando todo lo necesario, fue ahora al cuarto de Isabella. Sonrió. Estaba pulcro, era una habitación dónde el tapiz de las paredes era de un color marrón con bordes dorados, el suelo de granito brillaba con intensidad cada vez que Escoria pisaba los píes ahí, pues, siempre le había gustado encantar los suelos cuando los pisaba para darle un toque mágico. Las ventanas estaban cerradas, tapadas, cuando las abría se mostraba un enorme prado verde al otro lado del camino que iba hacía la otra villa de Selshie, maravilloso lugar que su hija amaba ver. Empezó a arreglar las cosas de su hija colocando en una maleta anaranjada, con bordes metálicos. Era un dolor interno. Tenía sus dudas si de verdad Isabella iba a volver a estar con vida, pero Escoria no perdía la fe. Si de algo había amado de Caleb era sus dos maravillosos hijos. Ella los amaba con locura, y era por eso que había decidido no cruzar el fuego azul. Tenía que pensar en Isabella, pues ella estaba segura que Justin volvería. Justin era igual que su padre, podría volver. Estaba segura. Le dolía pensar en Ren. No era su hijo, pero lo había criado como suyo. ¿Cómo estaría? ¿De verdad estaba bien? No estaba acostumbrado a estar en un lugar tan lejos de las personas, tampoco estaba acostumbrado en perder a alguien que ama y sabía lo mucho que amaba a Kathius. Lo amaban ambos por igual. Tragó en seco sintiendo dolores en su estómago. No quería sentirse más así. Las cosas de Max con sus hijos estaban en un punto de colisión apunto de explotar, y sabía que tarde o temprano tenía que aguantar la tormenta que se iba a avecinar. Suspiró terminando de arreglar las cosas de Isabella, volviendo al cuarto asustándose cuando miró a una fémina en su habitación. Ella se llevó su mano al corazón, tragando saliva. —Oh, eres tú Sone —murmuró Escoria suspirando después, sonriendo—. ¿Se te ofrece algo? —Dazzel ha enviado dos carrozas, ama —sonrió la joven—. Uno para su hija, y el otro para usted. —De acuerdo —Escoria la miró—. ¿Vino alguien más? —No —ella negó—. No señora. —Bien, entonces ya bajaré mis cosas. ¿Le puedes decir a Antón que venga a ayudarme? —la chica asintió—. Sone… ¿No sabes algo de Maxwell? —¿Eh? —preguntó Sone confundida—. ¿Maxwell? —Si… Ya sabes, el príncipe, el rey de Selshie que viene a menudo —comentó con paciencia Escoria por la cara de confusión de Sone. —¡Oh! ¡El chico que siempre lanza llamas! —Escoria frunció el ceño—. Bueno, que yo recuerde no ha pasado por aquí, mi señora. —Si… bueno, muchas gracias. ¿Isabella está bien? —le preguntó firmemente. Sone caminó torpemente tropezándose con la pequeña mesita que había cerca de la cama hacía Escoria, asintiendo con la cabeza cuando había llegado a su lado haciendo una pequeña reverencia. Era gracioso ver que ella era la hija de Cintha. ¿Cómo alguien tan fuerte, tan poderosa cómo había sido su nana que la había cuidado desde siempre, había hecho a alguien tan torpe? Se imaginó la pequeña voz de la mujer regañándola por estar juzgando a las personas solo por su forma de ser.
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